Ellas

Os dejo un precioso poema de mi amigo Álvaro Mota

Una vez hablaron de ella en la crónica de sucesos televisiva.
Era una mujer sencilla,
una niña de su barrio,
una señora de casa,
una chica de provincias.

Frecuentaba la fruta de temporada en el mercado por la mañana temprano
y paseaba por horas a un señor mayor.
(no iba a la escuela en verano)
Se emocionaba con las novelas de siempre y las canciones de autor.

Con mucho esfuerzo, o con poco, estudió un máster, un grado
o no estudió nada (pues en su época y lugar no era lo propio o no se llevaba)
pero cultivó la sabiduría
de las manos atentas que amasan y miman
el tiempo, la lucha y la paciencia.
La sabiduría del calor palpitante en el vientre,
los flujos portadores de la vida
y la ternura subversiva de la tierra.

No le explicaron muy bien, o se lo explicaron tarde (igual no quiso enterarse)
el por qué de tanto trato favorable.
Aprendiendo, asumiendo, asimilando
de la mano de los mejores maestros:
“Las damas primero” o “las niñas bonitas no pagan dinero”.
Y, de los mismos autores, llegaron más adelante:
“con faldita, y mejor si es corta” o “pásate después de clase”.
“Hazlo como le guste a él”, “si duele, más vale callarse”.

Un día
(fue contra todo pronóstico, sin encomendarse a nadie)
madrugó, se puso las sandalias.
Pedaleó deprisa,
soñó en voz alta,
amó lentamente
y llenó la plaza
con el grito sesgado y marchito de cien flores arrancadas.

Cosió con punto preciso
los retales, los jirones
esparcidos por el campo de batalla.

Si nacemos a lo nuevo
que sea con las manos manchadas.
Que no se acostumbre el tiempo, que no se acostumbre el cuerpo,
que no se acostumbre el alma.
Que no se olvide la historia
de la sangre y el sudor.

Y quédate bajo este sueño de mil astrales memorias,
de venas que se dilatan hacia rincones perdidos de pueblos
que guardan, con vuestros nombres,
estelas de corazones
en un vuelo azul y firme
que nadie detiene. Que nadie
enjaula, a su paso, la brisa
ni cerca las olas del mar

ni agarra el soplo del aire.

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