Querida vecina: en este día más que primaveral, en medio del invierno, como bien recoge nuestro amigo Forges , y haciendo uso del catarro que la viñeta trae asociado inevitablemente y yo sufro, tengo que continuar la charla mensafónica interrumpida por las horas esdrújulas, como dice Manolo, para trasladarte en mi calidad de abuelo algunas reflexiones para tu buen gobierno, ya que la inexperiencia de tu mocedad puede hacerte caer en errores vitales que, consejos buenos, te pueden evitar. Ya ves, licencias que uno se puede permitir por aquello de la edad. Espero que los recibirás como un regalo, pues con ese ánimo van, y que sabrás atesorarlos para que cuando, transcurrido el tiempo, llegues a mis años, puedas sentir que los has vivido con provecho, y sobre todo que quieres vivir aún más. Como verás, hacemos caso, y los mayores cuidamos de los pequeños. El primero es que aprendas de ellos; de tus mayores. Aprender no es copiar. Porque algunas cosas mejor no repetirlas. Aprender es llen...
Lo que más recuerdo del bus era un loquito que se subía a veces y le decía a las jovencitas "palomita, palomita" y cuando miraban les daba una torta en la cara y la gente, en vez de deternerlo o reprenderle, se reía. La pobre a la que le tocaba se bajaba del bus en la siguiente parada asustada y abochornada. El chico en cuestión se había vuelto loco después de tomar droga adulterada. Es triste.
ResponderEliminarTambién me acuerdo de los que te querían robar la cartera y los que se te pegaban y los conductores cabreados y amargados y los que te presionaban para que les dejaras el asiento (aunque no pagaran el autobus y se subieran sólo por aburrimiento).
No recuerdo nada de filosofía o bondad o amabilidad. Lo siento.
Pues no sé si será por mi caracter o por qué, pero yo recuerdo el autobús como algo divertido, y me refiero a cuando tuve que ser una diaria usuaria, entre mis trece y quince años.
ResponderEliminarPara ir al colegio no tenía más remedio que cogerlo cuatro veces al día, pero mis amigas y yo nos lo pasábamos pipa, y todo para ver a los niños del colegio de enfrente que coincidían con nosotras en esos viajes urbanos.
También recuerdo a un señor, que iba con su sombrero, muy elegante, y que se bajaba la dentadura postiza con la lengua para hacernos reir. La verdad es que no era muy agradable, pero al cabo de los años me resulta muy simpático.
Por supuesto teníamos localizados a los que se pegaban demasiado y a las señoras que a base de empujones ocupaban un asiento.
Lo que ocurría cada día, fuese algo novedoso o no, nos servía de ilusión, comentario o divertimento durante el trayecto que íbamos caminando hasta nuestra casa.