Enseñaba con autoridad (Mc 1, 21-28)

Max Weber definía el poder como la capacidad de imponer la voluntad a otros (autoritarismo) mientras que la autoridad es la capacidad de que esa voluntad sea aceptada libremente por otros. En el Evangelio de este domingo se dice que Jesús enseñaba así, con autoridad, con esa capacidad que en la Iglesia hemos perdido en muchos momentos históricos, y quizá éste, en el primer mundo, es uno de ellos.
Ello nos debe llevar a reconocer el pecado, y arrepentidos, a pedir perdón. Pero, por encima de todo nos debe llevar a la transformación de todo lo que huela a poder en la Iglesia, para transformarlo en el servicio que se ejerce con la autoridad de Jesús. Es un reto que tenemos en la Iglesia. Hemos de desvelar la Palabra a los hombres y mujeres y eso solo se puede hacer desde la autoridad de la coherencia y el testimonio de vida, presentado desde la fe y la razón, el respeto y la buena voluntad con que se realiza el servicio de la justicia y la dignidad de las personas.
Y eso sin caer en la trampa populista y demagoga de rebajar la exigencia evangélica para adaptarla a este mundo. Eso quiebra la autoridad tanto como el poder.
Por eso, una llamada urgente hoy es la que nos lleva a mostrar signos de vida en medio de esta cultura de muerte que somete a los seres humanos a la explotación, la degradación y la miseria.
Camino para ello será escuchar la Palabra, alimentarnos de ella, orarla cada día.

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