Fallece Pepe Jiménez, obrero cristiano


Me indica Eduardo Soto que nuestro común amigo, Pepe Jiménez, acaba de fallecer. Aunque, sin duda alguna, la reacción más adecuada en estos momentos de dolor sea la de sumirnos en un silencio denso y en una oración agradecida, me atrevo a expresar brevemente la honda impresión que, a todos sus conocidos, nos ha causado la vida de este hombre de fe que, tras tener noticias de su enfermedad, decidió seguir subiendo por unos senderos empinados, iluminando con su mirada bondadosa y juvenil las sombras y los recovecos de nuestras complicadas existencias.


Tanto cuando derrochaba salud moviéndose por toda nuestra geografía como cuando, postrado por la enfermedad, ha permanecido recluido en su hogar, ha constituido uno de los argumentos más contundentes para demostrarnos la validez actual de los mensajes centrales del Evangelio. Esperanzado creyente en Jesús de Nazaret y en los seres humanos, su testimonio ha sido un elocuente y claro discurso en favor de la lucha contra la pobreza, contra las desigualdades y contra las injusticias. Si su palabra valiente, templada y serena, ha sido un grito enérgico que nos ha convocado para que nos acercáramos a los que sufren la marginación en este mundo, su vida ha sido un valiente y generoso recorrido por los caminos convergentes de la libertad y de la entrega solidaria a los hombres y a las mujeres.


Con su hábil manera de conjugar la fidelidad inquebrantable al Evangelio y con su profunda pasión por la libertad, Pepe nos ha ofrecido un testimonio de coherencia con sus profundas convicciones y nos ha explicado la espiritualidad de la humanización. Permanentemente atento a todo lo que pasaba en su entorno, este ser íntegro y sin doblez, valiente, osado y declarado enemigo de las medias tintas, ha sabido encarar con vigor las dificultades de la vida, ha afrontado con fortaleza las adversidades y ha defendido con firmeza sus convicciones. Vigor, fortaleza y firmeza -no siempre comprendidas ni valoradas- eran los exponentes de la amplitud y de la densidad de su vida interior. A lo largo de su dilatada trayectoria humana no ha parado de nutrir su mente de ideas, de proyectos y de ilusiones que, progresivamente, se hacían más compactas, más sólidas y más consistentes.


Pepe, un hombre de fe profunda en Jesús a quien ha seguido con lealtad, ha sido un servidor fiel del Mundo Obrero. Ahí están como pruebas su dilatada trayectoria en la HOAC -de la que fue Presidente Nacional-, que hizo compatible con su valiente militancia sindical. Se nos ha muerto una persona que nos ha dado una lección de profunda humanidad y de sencillez evangélica. Con Margarita somos muchos los que compartimos el dolor. Que descanse en paz.

José Antonio Hernández Guerrero

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