Osadía y prudencia

En estos tiempos uno oye de todo, y respecto de todo. El modelo de discusión de las tertulias televisivas, en las que, con grande ignorancia, se opina de lo divino y de lo humano, pretendiendo además en virtud de una errónea concepción de la dignidad y el respeto, que la mayor patochada que yo pueda decir se eleve a la categoría de dogma de fe, se traslada con harta frecuencia hasta ámbitos de los que se encontraba, hasta ahora, ausente.

Ya me parece osado aparecer en una cadena de televisión o en un programa de radio para hacer gala de la propia ignorancia sin rubor alguno, pero que en diálogos personales uno tenga que soportar idéntica actitud en gente conocida, raya mi capacidad de aguante. Hay algunos compañeros que no han leído más de diez páginas serias desde que se ordenaron, y que a golpe de titular de prensa retenido pretenden pontificar de casi todo. ¿Por ciencia infusa? o, lo que es peor... ¿desde que experiencia? Hay compañeros de trabajo que anticipan las posibles circunstancias desde la desinformación. Las ruedas de correos electrónicos con afirmaciones sin contrastar que luego se muestran faltas de verdad son una epidemia. En el trabajo es una rara avis el día que termina sin esa cadena de correos desinformados.

Nos atrevemos con todo, desde el desconocimiento más absoluto, o a lo sumo trufado de la pátina que destilan las informaciones rápidas -de titulares- de los medios de opinión, me da igual el que sea. Y elevamos la opinión personal -raramente basada en hechos constratados, o en reflexiones mediatadas- a dogma de fe que imponemos a los restantes mortales.

Cada vez puedo menos con esa osadía. No la soporto, me carga, me resulta insoportable, narcisista, estúpida, insolente y falta de respeto con los demás. Mi reacción habitual empieza a ser desconectar. Dejo de escuchar, dejo de hablar de eso. Las opiniones se imponen a acuerdos, a decisiones previas, a cauces compartidos...

Se hace norma no partir de hechos, pero se va haciendo norma también no enjuiciarlos desde criterios claros. ¡Cuánto mejor la prudencia de la reflexión! Nos ahorramos la excursión a las fuentes, pensando que escuchando el lejano rumor del agua sabemos ya de su frescura sin tocarla ni beberla.

Pues yo seguiré intentando transitar los caminos del conocimiento que da la cercanía, la información, la prudencia, desde la solercia. Y, conociéndome, sé que seguiré sin aguantar a los contumaces depredadores de la realidad y lo veraz.

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