Gratuidad en clausura

Los lunes, por aquello de mis viajes y trabajos, y porque habitualmente se reserva ese día para las reuniones arciprestales, no suele haber actividad parroquial programada, lo que, cuando llega el final del curso, permite contar con una tarde de relax para estudiar, leer, poner papeles al día o, simplemente, darle otro ritmo a las sendas secundarias de la vida, como cambiar la ropa de camilla de invierno a la de verano, y poner la oportuna lavadora. Hacer ese tipo de tareas sin una finalidad 'productiva', sin una necesidad inmediata, abre la puerta a lo gratuito en la vida. A ese hacer cosas que tienen un valor, pero que salen de los circuitos de urgencias, trabajos, y actividades que necesariamente 'hay que hacer'. Hacen falta esos espacios en la vida

El tiempo adquiere otra dimensión, las lecturas se saborean de otra manera, se valora lo que se hace por lo que es en sí, no por lo que reportará de utilidad. Se valora el simple hecho de poder hacerlo, de hacerlo porque sí. Podría no hacerlo, y eso es lo que le da valor.

La gratuidad de esos momentos, de todos modos, es un don que, en esta ciudad y en esta época, ha de vivirse en clausura. Oscurecido el ambiente hasta el límite que posibilite la visión porque la oscuridad trae frescor, escondido de los más de cuarenta y dos grados que caen a plomo en la calle y en la casa. Oculto con los líquidos, como el mirlo que desparece del jardín y se oculta entre las ramas más sombrías, esperando el anochecer que refresque algo el aire.

Ha llegado el verano. Otro clima, otro ritmo más pausado, otras tareas, otros horizontes, y alguna que otra tarde de gratuidades en clausura.

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