¿Hasta cuando, Señor?

Salmo 13

¿Hasta cuándo, Señor?, 

¿me olvidas para siempre? 
¿Hasta cuándo me escondes tu rostro? 
¿Hasta cuándo he de estar cavilando con el corazón apenado todo el día? 
¿Hasta cuándo va a prevalecer mi enemigo? 


Atiende, respóndeme, Señor, Dios mío, 
da luz a mis ojos, o dormiré en la muerte. 
Que no diga mi enemigo: lo he podido, 
ni se alegre mi adversario de mi fracaso. 


Pero yo confío en tu lealtad, 
mi corazón goza con tu salvación; 
cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.


La pregunta, el lamento del salmista, sigue siendo la que sale de nuestros labios muchas veces. El lamento que surge de la impotencia, el grito que nace de la mirada sobre la vida de las personas, sobre los acontecimientos. Cuando no acertamos a vislumbrar la presencia de Dios en los acontecimientos duros, y en las consecuencias que tienen para la vida de las personas, nos sentimos desorientados ¿Donde está Dios? ¿Qué hace? ¿Por qué lo consiente? 

Cuando la realidad nos sobrepasa y no sabemos cómo hacerle frente, cuando parece que sólo se nos abren caminos de muerte y el triunfo de los canallas y de la injusticia en este mundo, nuestra pregunta se convierte en lamento desesperanzado.
¿Desesperanzado? No. Igual que el salmista, confiamos en la lealtad del Señor, sabemos de la certeza de su salvación, estamos seguros de que abrirá para nosotros, sus hijos, la fuente del bien. Pero habremos de saber buscarlo, habremos de escucharlo, habremos de caminar humildemente con él, por sus caminos de vida.

La pregunta y el lamento se nos vuelven compromiso y exigencia de justicia y solidaridad. ¿Hasta cuando? preguntaremos. Y, ¿hasta cuando? nos preguntará el Señor a nosotros, a su vez; ¿hasta cuándo tendré que esperar que vuestro corazón sea un corazón de carne que se conmueva ante la miseria humana y busque el derecho y la justicia? ¿Hasta cuando seguiréis dando más valor a las cosas que a las personas, al tener que al ser?

¿Hasta cuando seguiremos sin vivir la relación con Dios como una relación que nos pone a los pies de los hermanos por amor para construir comunión? ¿Hasta cuándo seguiremos esperando de Dios lo que nos corresponde hacer a nosotros? Dios se nos da todo, pero a cambio nos pide todo.  

El Señor sustenta a los humildes, y humilla hasta el polvo a los malvados. (Sal 147,6)

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