Tôdah

Nos  propone Álvar, nada más empezar la jornada de los cursos de verano, entonar nuestra propia tôdah, nuestro propio cántico de gratitud y agradecimiento por la acción de Dios en nuestra vida, algo que solo se puede hacer cuando miro en profundidad el sentido de mi vida, de mi compromiso, y descubro cuánto tiene Dios que ver en ello. Se trata, nos dice, de verbalizar el testimonio de Dios que ha quedado escrito en la propia existencia. Es algo que debería ser tan consciente y constante que no haría falta que nadie nos dijera: párate un momento en el trajín de tu vida, haz un alto para hacerte consciente de cómo Dios se desparrama en amor a lo largo de tu existencia toda. Y, sin embargo, necesitamos hacer esa parada. Necesitamos detenernos para poder reconocer la acción de Dios en nuestra vida, en mi vida. 

Y pararme me hace consciente. Declaro al Señor: Tú eres mi Señor, no tengo bien fuera de ti (Sal 16, 2). Tú eres mi bien y mi vida. Toda mi vida gira en torno a ti, a la experiencia del encuentro cotidiano contigo, a tu llamada y mi respuesta.  El Señor es la porción de mi lote y de mi copa; mi suerte está en tu mano (Sal 16, 5)

Por eso, sigue diciendo el salmo 16, se me alegra el corazón, siento un gozo entrañable, incluso mi carne habita segura; [10] pues no entregarás mi vida al Abismo, ni dejarás al fiel tuyo ver la fosa. [11] Me enseñarás un camino de vida, me colmarás de gozo en tu presencia, de delicias perpetuas a tu diestra.

Y en esa acción de gracias, nos propone descubrir que Dios es el que libera. El gozo se enraíza en la liberación, que Dios me ofrece y que me propone hacer llegar a otros. Dios está siempre disponible para el pobre, frente a la explotación. Es solidario, de manera arriesgada, también hoy, con su pueblo. Sigue oyendo su clamor, y caminando con él (Sal 23)

El Señor es mi pastor, nada me falta: 
en verdes praderas me hace recostar; 
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; 
me guía por senderos de justicia como pide su título. 
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo: 
tú vas conmigo; 
tu vara y tu cayado me sosiegan. 
Me pones delante una mesa frente a mis enemigos; 
me unges con perfume la cabeza, y mi copa rebosa. 
Tu bondad y lealtad me escoltan todos los días de mi vida; 
y habitaré en la casa del Señor por días sin término.

La acción de gracias es por su amor, por su liberación, por la humanidad que regala, la vida que hace posible, el clamor que escucha, la esperanza que alienta, la justicia que derrama y la misericordia con que acoge cada uno de mis errores y traspiés.
La acción de gracias es porque sigue suscitando vida allá donde otros "idolitos" -como dice Alvar- solo ponen muerte.

La acción de gracias primera es porque es como es, Amor entrañable, Dios de los encuentros.

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