Caminar tras la verdad

Caminar tras la verdad, como meta, es irrenunciable para el creyente en Jesucristo. Vivir en la verdad no es tanto poseerla sin género de dudas, cuanto “caminar humildemente con tu Dios” (Miq 6,8); caminar en pos de una verdad que a buen seguro no alcanzamos plenamente en esta historia, y que nos hace vivir en la duda más que en la seguridad absoluta. Y sin embargo, es irrenunciable. No podemos dejar de buscarla y de intentar vivirla. La verdad, para el evangelio de Juan, es algo no del conocimiento, sino del corazón: amar la luz, hacer la verdad, es lo que nos revela el Amor incondicional de Dios. Conocer tiene que ver con la Verdad, fiarse de la luz y seguirla, para descubrir la Bondad y seguirla; esto tiene que ver con la vida.
No podemos convertir el camino en arma contra otros, ni creer que el camino es la Meta, ni renunciar a caminar. Estamos obligados a caminar cada día hacia la justicia del Reino, la que hemos de buscar en nuestra vida, y en este mundo, para convertir este sistema injusto en un sistema humano.
Estamos llamados a seguir a Jesús, empaparnos de su misericordia y poder sentir con él hambre y sed de justicia. La verdad fundamentará esa misericordia, y el culto dará inspiración y fuerza a este trabajo, pues ambos, verdad y culto, convergen (deben converger) en la misericordia que lucha por la justicia.
Lo anterior sintetiza unas reflexiones de Faus sobre la verdad, en su libro “Otro mundo es posible desde Jesús”, y es una llamada a los creyentes en Jesucristo que en las actuales circunstancias trabajamos en esa tarea de la justicia –de un modo u otro- para que evitemos dos tentaciones: la primera, hacer ese camino en solitario, de manera individualista, buscando –como dice Faus- el propio cielo. La segunda, convertir opciones políticas concretas en el Cielo. Ambas son tentaciones que nos apartan del Camino, de la Verdad y de la Vida que estamos llamados a vivir en Jesucristo.
Si algo necesitamos con especial intensidad en estos tiempos es escuchar, descubrir los signos de los tiempos, e interpretarlos, discernirlos. Y el discernimiento es esencialmente comunitario. Soy yo en comunidad, y es la comunidad conmigo la que vamos haciendo ese discernimiento cada día.
Discernimiento que se vuelve más necesario al comprobar que el Evangelio no nos da las recetas y soluciones para situaciones que tenemos que afrontar y que Jesús no conoció, pero en las que nosotros tenemos que hacer vida los criterios evangélicos.
Por eso me asustan los que defienden acríticamente cualquier posición sólo porque surge en una determinada organización política (sea de derecha o de izquierda, que en esto, son iguales) sin verificar mediante ese discernimiento comunitario y creyente si es camino hacia el Reino y su Justicia; o aquellos que identifican el Reino con esas concreciones, solo porque son el ideario, el programa, o la simple propuesta de turno de la organización en que militan.
Construir otro mundo posible exige reconocer lo que de verdad hay en cada propuesta, en cada persona, en cada mediación, como reflejo de la Verdad del Resucitado. Y, a la vez, ser conscientes de lo que en ellos -y en nosotros- hay de oscuridad y sombra.
Me parece que es una de las tareas pendientes de nuestra Iglesia, de nosotros los creyentes, aprender y practicar cotidianamente ese discernimiento. Una tarea que hemos de retomar con prontitud.

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