El catecismo y la cesta de la compra

La noticia de ayer, acerca del asalto a unos supermercados por parte de miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores, encabezada por Sanchez Gordillo, diputado de IU en el Parlamento andaluz ha encendido el debate acerca de la necesidad, la justificación, o la improcedencia y delictividad de dicha acción, y similares.

Personalmente no me gusta -en el marco de la acción política o sindical- esa forma de hacer las cosas. Me parece que no se puede alabar -en ese marco, insisto- una manera ilegal o alegal de hacer las cosas. Y que no se puede disociar la condición de diputado y sindicalista de la misma persona, como ayer hacía también, en un ejercicio difícil de dialéctica, el coordinador andaluz de IU, Diego Valdera, que al final resulta que se encuentra con una patata caliente en sus manos, justo cuando más calor hace.

Pero, al margen de las consideraciones sobre la acción política, tan devaluada en este país, en estos tiempos, y tan plagada de demagogias, quiero acercarme a la dimensión de la cuestión desde el que calificaron como "carácter simbólico" de la acción.

El carácter simbólico quiere poner -a mi entender- de manifiesto, varias cosas: una, la situación límite en que malviven muchas familias que han agotado cualquier tipo de prestaciones sociales, que carecen de trabajo, que se ven amenazadas de perder su vivienda, y que carecen de lo más básico para la subsistencia.  Esto es algo innegable antes y después de la crisis; hay cada vez más personas en esta situación. Los colchones familiares, las prestaciones sociales, las atenciones desde Cáritas u otros organismos se van agotando, y la situación no mejora. ¿Qué hacer? ¿Qué puede estar justificado en esas situaciones? Y, otra, que no se estan priorizando, en el camino de las soluciones, las necesidades de las personas, y especialmente las necesidades de los pobres.

Ambas cuestiones creo que han quedado puestas de manifiesto con la acción de ayer. Pero sobre si es un robo o puede estar justificado, creo que hay que acudir a lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica cuando trata del séptimo mandamiento: No robarás; que ofrece unos principios de actuación que hay que tener en cuenta. Transcribo los números siguientes:

2408 El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es éste el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido...) es disponer y usar de los bienes ajenos

(cf GS 69, 1).Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos.
2409 Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así, retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio (cf Dt 25, 13-16), pagar salarios injustos (cf Dt 24,14-15; St 5,4), elevar los precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas (cf Am 8, 4-6).

Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación.

2414 El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino [...] como un hermano [...] en el Señor” (Flm 16).

2446 San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; [...] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos” (In Lazarum, concio 2, 6). Es preciso “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

«Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno, Regula pastoralis, 3, 21, 45).
No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es éste el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido...) es disponer y usar de los bienes ajenos. El criterio de la doctrina social de la Iglesia es siempre que la persona y sus necesidades humanas están por encima de otras consideraciones y que a ella debe subordinarse la organización de la vida social y política. Luego habrá que preguntarse qué y quién pone a las personas en esas situaciones de necesidad extrema

Pero no es lo mismo robar -a lo Robin Hood- a los ricos para dar a los pobres, es decir, que el sindicato asalte supermercados para dar a familias sin recursos. La necesidad de las personas nos llama a conversión personal y a compromiso profético. Hubiera sido más profético si los autores hubieran sido directamente quienes tienen la necesidad; o si el sindicato hubiese destinado sus ingresos, por ejemplo, a saciar esas necesidades. O si compartiendo de lo poco, se hiciese posible la multiplicación de la solidaridad.

La acción en si de ayer no deja de ser simbólica, y puede tener el componente profético de la denuncia de una situación. Quizá podemos encontar otras formas más acertadas de denunciar, y deberemos exigir la coherencia personal de quienes denuncian en sus propias actuaciones personales. Solo eso permite el anuncio -que yo echo en falta para que sea realmente profética- de una manera nueva de vivir que pasa por el cambio de estructuras, pero sobre todo, por la propia conversión a la justicia, a la misericordia, a la solidaridad, manifestado en sus propias acciones, de quienes denuncian. Eso es lo que abre las posibilidades a nuevas maneras de vivir realmente humanas.


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