¿Para cuando en la cárcel?

Hoy amanece el día con niebla espesa. Más espesa que la de días atrás. La sensación de frío y la dificultad de ver más allá de las narices crece. La sensación de frío crece más al enterarme, mientras me afeito, de que el estado se hará cargo de las ruinosas autopistas radiales de peaje que casi nadie utiliza porque suponen un atraco a mano armada. 

La sensación de frío aumenta cuando a eso se añade el dato de que nos cuesta rescatar esas autopistas lo mismo que gastamos (o dejaremos de gastar) en I+D en un año. Preferimos no investigar.

La sensación de frío aumenta cuando poco después me cuentan la historia de X, que sobrevive con un salario muy escaso, por su trabajo a tiempo parcial, que necesariamente tiene que complementar con la solidaridad de amigos y vecinos que, con generosidad evangélica, comparten lo que les sobra y lo que les falta, para que X, pueda vivir una vida mínimamente digna.

Y crece más, aún, cuando me entero de que al solicitar la renta mínima a la Comunidad de Madrid, y presentar los datos de su contrato miseria, y su salario indigno, para justificar la petición de ayuda, le empiezan a poner trabas, porque -en su honradez ingresó el importe de la ayuda solidaria de sus amigos en el banco- tiene otros ingresos de "dudosa procedencia", que ha de justificar de todas, todas. 

El frío se vuelve calor, caliente, indignado y creciente, cuando se juntan todas las informaciones. ¡qué fácil es ir a por X! acosarle, por su condición de inmigrante, pese a sus papeles en regla, poner en duda su honradez. Qué fácil hacerle sentir -como dice el papa- "el frío aliento del miedo" sobre su vida. 

¡Cómo me gustaría que sintieran ese mismo frío aliento en su nuca los rescatadores de autopistas! Y los ineptos gestores que quisieron convertir un servicio en negocio, y los gobernantes indignos -tienen nombre y apellidos, impronunciables- de todos conocidos, que siguen enriqueciéndose a costa de las personas, convirtiéndolas en deshechos inútiles cuando no se les puede sacar rentabilidad, en lugar de acudir samaritanamente a su rescate. Su honradez no está puesta en duda. Sabemos que carecen de ella.

Lo mejor que les puedo desear es que sientan el frío aliento del miedo, y que acaben en la cárcel, por su delito: el desprecio de la vida humana hasta el extremo de impedir la vida digna de personas como X, mientras llenan sus bolsillos. Y se lo deseo convencido de que es lo mejor para ellos. Quizá así se les abran los ojos, y sean capaces de entrañar la misericordia en sus vidas, y salvarse de sí mismos. ¿Para cuando la cárcel para ellos?

¡Que verdad es el evangelio de hoy! Los publicanos, las prostitutas, X, os llevan la delantera en el camino del Reino.

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