Homilía en la Eucaristía del 3 de agosto

Algunos me habéis pedido el texto de la homilía pronunciada en la Eucaristía que celebramos tras el gesto público de los Cursos de Verano de la HOAC, el pasado día 3. Aquí os la dejo, por si os sirve.

Ex 40,16-21.34-38: La nube cubrió la tienda del encuentro, y la gloria del Señor llenó el santuario.
Sal 83,3.4.5-6a.8a.11: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!
Mt 13,47-53: Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Un oído en el pueblo

Después de haber estado expresando en la calle, en el gesto público que hemos hecho antes, aquello que nos duele; después de haber puesto un oído en el pueblo, en la vida, para escuchar el lamento de la dignidad herida en el mundo del trabajo, y hacer resonar la voz excluida de nuestras hermanas y hermanos del mundo obrero, hemos entrado en el templo para celebrar la Eucaristía.

Un predicador -que en el fondo es lo que somos los militantes cristianos con nuestra vida: apóstoles, predicadores-, dice el papa Francisco , es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo. De esa manera, descubre las aspiraciones, las riquezas y los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano, prestando atención al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea.

Venimos de la calle, del gesto público que hemos realizado porque somos “contemplativos del pueblo”. Venimos de descubrir y compartir las aspiraciones del mundo obrero, de descubrir y valorar sus riquezas, de comprender sus límites, y de aprender en medio de esa vida, maneras de orar y de amar. Queremos tener y cultivar esa sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje de Dios. Queremos descubrir lo que el Señor desea decirnos en una determinada circunstancia. Queremos poder reconocer —a la luz del Espíritu— una llamada que Dios hace oír en una situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios nos llama a los creyentes.

Dios nos llama en la situación que vive el mundo obrero hoy, nos llama por medio de ella. Esa situación, esa vida del mundo obrero es lugar de encuentro con Dios. Esa vida es hoy la tienda del encuentro de la que nos hablaba la primera lectura, y que necesita también llenarse de la gloria del Señor. Se lo recordaba también el papa Francisco a los trabajadores de la siderúrgica Ilva en su encuentro en mayo pasado en Génova: el mundo del trabajo es el mundo del pueblo de Dios. Muchos de nuestros encuentros entre Dios y los hombres, de los que nos habla la Biblia y los Evangelios, han ocurrido mientras las personas trabajaban: Moisés oye la voz de Dios que le llama y le revela su nombre mientras llevaba a pastar el rebaño del suegro; los primeros discípulos de Jesús eran pescadores y son llamados por Él mientras trabajaban a orillas del lago.

Es esa vida del pueblo la que hemos de hacer santuario; el santuario del que nos habla la primera lectura –el lugar de encuentro entre Dios y las personas- y llenarlo de la gloria de Dios, que es que el hombre y la mujer puedan vivir con dignidad. Porque –sigo citando al papa- “donde hay un trabajador, ahí está el interés y la mirada de amor del Señor y de la Iglesia.”

Por eso empezamos en la calle, en la plaza, en la vida, en el trabajo, con las mujeres y hombres que trabajan, o que no pueden hacerlo aunque quieran, o que tienen que hacerlo en condiciones indignas e injustas. Porque los lugares de la Iglesia son los lugares de la vida y en consecuencia también las plazas y las fábricas.  Por eso nuestra vida militante y creyente comienza cada día en la calle, en el tajo, que el Señor visita asiduamente, en el compartir y acompañar la vida de las personas por amor. Ponemos un oído en el pueblo por amor.

Y entramos en el templo cargados con esa vida de la plaza y de la fábrica, con el dolor y la injusticia, con la falta de trabajo y dignidad, con tanta deshumanización, por la que hemos tenido que comenzar nuestra Eucaristía pidiendo, una vez más, el perdón y la misericordia de Dios que nos restaura. Entramos pesarosos por el empuje del mal, pero el Señor carga también con el cansancio del mundo obrero, para humanizarlo, y transformarlo. Entramos también con el peso, a veces liviano, de las semillas por sembrar, y de las que van germinando –aunque no sepamos bien cómo ni por qué- en vida humana y dignidad.

Otro oído en la Palabra

Y, una vez aquí, hemos puesto otro oído también en la Palabra de Dios que nos sigue hablando del reino de Dios.

Porque nos hace falta discernimiento, pues el Reino está muchas veces escondido –como el tesoro o la perla-, o bien, mezclado como una más de las ofertas que nos hace esta sociedad. La escala de valores de nuestro mundo no sirve para hacernos personas, para hacernos felices, ni para realizar nuestra humanidad; para realizar lo que somos y estamos llamados a ser. Muchos andan en pos de “tesoros” que no liberan, sino que esclavizan más y más. Muchos viven sin un ideal que merezca la pena.

Un reino de Dios que se parece también… a una red llena de peces, donde solo se quedan los buenos. La invitación a formar parte del Reino es para todas las personas, por eso la red recoge toda clase de peces. La oferta del Reino se hace a todos, pero entrar en el Reino es algo que depende de nuestra acogida o rechazo del proyecto misericordioso de Dios. La clave está en cómo vivimos ante esa oferta. No bastará pedirlo cuando rezamos el Padrenuestro: “venga a nosotros tu reino”. No todo da lo mismo. No vale todo. Hay valores y Valores; tesoros y Tesoros. Hay criterios en el Evangelio que nos han de servir para discernir. Tenemos que prestar este servicio a nuestro mundo obrero y a nuestra Iglesia: ayudar a discernir.

Hay peces “malos” que tirar fuera de la red. Hay “valores” y “tesoros” de los que hay que deshacerse. Hay maneras de trabajar que no caben en la red del reino.

No todos los trabajos son buenos: hay todavía demasiados trabajos malos y sin dignidad… en todas esas empresas que no respetan los derechos de los trabajadores o de la naturaleza. Igual de malo es el trabajo de quien le pagan mucho para que no tenga horarios, límites, confines entre trabajo y vida para que el trabajo se convierta en toda su vida. Una paradoja de nuestra sociedad es la coexistencia de una creciente cuota de personas que querrían trabajar y no lo consiguen, y otros que trabajan demasiado, que querrían trabajar menos pero no lo consiguen porque han sido “comprados” por las empresas.

El trabajo, en cambio, se convierte en “hermano trabajo” cuando junto a ello está el tiempo del no-trabajo, el tiempo de la fiesta. Los esclavos no tienen tiempo libre: sin el tiempo de la fiesta el trabajo se vuelve esclavista, aunque sea muy bien pagado; y para poder hacer fiesta debemos trabajar. En las familias donde hay desempleados, nunca es verdaderamente domingo y las fiestas se convierten a veces en días de tristeza porque falta el trabajo del lunes. Para celebrar la fiesta, es necesario poder celebrar el trabajo. Uno marca el tiempo y el ritmo del otro. Van juntos

Para volver al pueblo

Nuestra tarea sigue siendo acercar el Evangelio al mundo del trabajo y también que la voz de los trabajadores siga resonando en el seno de la Iglesia.

El pueblo de Israel aprende –en la primera lectura- a caminar al ritmo de Dios. Ese ritmo de acompañamiento que necesita la vida del pueblo, del mundo obrero. Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de la projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.

Nuestra Eucaristía es la mesa de la fraternidad y la fiesta; la mesa de la utopía y la esperanza cumplida. No hay separación entre la vida del pueblo y lo que celebramos en la Eucaristía. No puede ni debe haber separación. Hemos entrado desde la conciencia del dolor y el sufrimiento compartidos, y desde la vida entregada, a compartir este proyecto fraterno de Dios que nos lanza de nuevo a la vida para que sea cada vez más el reino que Dios quiere para todos sus hijos e hijas. Sentimos que es el mismo Dios quien nos convoca a la mesa de la fraternidad, para que seamos capaces de hacer de ella un lugar en el mundo para todos aquellos a quienes este sistema descarta, de quienes se deshace por innecesarios.

Para Dios nadie sobra.

Pero, Un mundo que ya no conoce los valores y el valor del trabajo, no entiende ya ni siquiera la Eucaristía, la oración verdadera y humilde de las trabajadoras y los trabajadores. Los campos, el mar, las fábricas han sido siempre “altares” desde los cuales se han elevado oraciones bonitas y puras, que Dios ha acogido y guardado. Oraciones dichas y rezadas por quien sabía y quería rezar pero también dichas con las manos, con el sudor, con la fatiga del trabajo por quien no sabía rezar con la boca. Dios ha acogido también estas y continúa acogiéndolas también hoy.

Dios sigue caminando con nosotros. Dios sigue necesitando que caminemos con él, que caminemos, por amor, con todos nuestros hermanos de trabajo. Todos tenemos que luchar para que el trabajo sea una instancia de humanización y de futuro; que sea un espacio para construir sociedad y ciudadanía.

Estamos llamados a ser esa red de arrastre, capaz de animar a todos, con el testimonio de nuestra vida, a hacer de la experiencia de fraternidad una ocasión para «más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos» . Ante tantas barreras de injusticia, soledad, desconfianza y sospecha que aún se siguen levantando en nuestros días, el mundo del trabajo, está llamado a dar pasos valientes para que «encontrarse y estar juntos» no sea sólo un eslogan, sino un programa para el presente y el futuro.

Esta posibilidad de vida, de conformar nuestra vida con el proyecto del Reino, es la que el Señor nos ofrece en cada Eucaristía, en esta Eucaristía.



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