Una Iglesia asustada y temerosa

Así veo a la Iglesia en España últimamente: asustada y temerosa. Cada vez más atada por el miedo del decrecimiento, de la escasez, de la minoridad. Sintiendo que es imposible caminar sobre las aguas porque se hunde, sin confianza ni esperanza, acosada y sometida. Incapaz de reconocerse levadura, añorante de la masa de otros tiempos. Se nos olvida que no somos masa, sino levadura en ella.

Como toda generalización esta apreciación tiene sus límites y habrá que ceñirla a hechos para ver lo que tiene de cierto. Pero en el balance me sigue pesando hoy más esta imagen.

Vaya por delante que, aunque pueda parecerlo, esto no es expresión de desesperanza o renuncia al futuro. No, no lo es. Pero sí es constatación de la realidad en la que percibo que estamos. Y solo desde la honradez con lo real podremos seguir avanzando hacia un futuro por llegar.

La primera constatación es, precisamente, que estamos temerosos y asustados por los datos: somos menos, bastantes menos los que sociologicamente participamos de la vida de la Iglesia. Y yo lo quiero ver como una gracia. Somos menos, es verdad, pero quizá más convencidos de lo que significa la fe y ser miembro de la Iglesia con lo que eso conlleva en la propia vida. Dejamos atrás el lastre de la pertenencia por obligación, por costumbre, por tradición... sin fe. Aún hemos de despojarnos de muchas de esas formas de estar en la Iglesia, que no son propias. Aún hemos de despojarnos de un corsé de tradiciones y "cultura", de creencias de otros momentos, que tienen poco que ver con la fe.

En gran parte la raíz de esta situación es que no ha habido verdaderos procesos de fe y de encuentro con Cristo en la vida que hayamos acompañado -con sus excepciones, insisto- en la vida de la gente. Es un reto seguir haciendo posible ese encuentro, seguir invitando a él. Es un reto poder mostrar con el propio testimonio personal y comunitario a aquel en quien creemos. Y esto tiene poco que ver con los procesos catequéticos que hoy realizamos, tal como los realizamos; son invitaciones al abandono temprano y acelerado. Esto requiere acompañamiento de los procesos de vida, sabiendo que son eso: procesos, vitales, que tienen su ritmo y que requieren, por tanto, la capacidad de sembrar y permanecer sin esperar recoger muchas veces.

También tiene que ver, a mi juicio, que seguimos en esquemas eclesiales que poco o nada tienen que ver con la comunión. Seguimos en formas cesáreas de ejercicio de funciones, sin llegar a comprender los ministerios eclesiales en relación con nuestra comunión para la misión. 

Por eso no somos capaces de dar su propia voz -que la tienen por bautismo- a los laicos; por eso hemos renunciado a una formación del laicado que aliente la capacidad crítica -sigo insistiendo en las excepciones, que las hay- y empuje a asumir con responsabilidad y en comunión la propia naturaleza de su bautismo. Creo que en la iglesia española este tema es una asignatura pendiente de primera magnitud, y que viene exigida no por la escasez de vocaciones sacerdotales, sino por la necesaria comprensión de nuestro ser Iglesia. Mientras no abordemos esto con hondura, no encontraremos la salida.

Y ya que sale, tenemos un problema, no con la escasez de sacerdotes (que también), sino con la forma de abordar esta situación de forma tan temerosa, que solo manifestamos nuestra poca fe.
Será la Iglesia la que ha de permanecer, no el sacerdocio en la forma histórica en que lo conocemos ahora. Será el ministerio sacerdotal al servicio de la comunidad el que prevalecerá, pero no del modo histórico en que lo hemos concretado hasta ahora. Cada vez estoy más convencido. Y necesariamente tenemos que revisar las estructuras pastorales y las presencias que hasta ahora hemos mantenido sustentadas en la abundancia de clero. Cambiar los medios, las formas, las maneras de hacer no es renunciar a lo esencial. Veamos cómo seguir atendiendo lo esencial a la vez que nos abrimos a la voz y a la acción del Espíritu: ¿que nos está diciendo el Señor en este momento, en esta situación? Seguro que no nos dice que nos encerremos.

Tenemos un problema con los sacerdotes que se ordenan recientemente si cada vez con más frecuencia nos preguntamos con extrañeza de donde salen, y cada vez, con más frecuencia, tenemos problemas para que se encarnen con normalidad en lo humano (que es más que lo humano que hay en la Iglesia); tenemos problemas para que comprendan misericordiosamente la realidad, no desde la superioridad que juzga, sino desde la sinodalidad que acompaña el mismo caminar. Tenemos un serio problema con la comprensión y el ejercicio del ministerio ordenado hoy día, no en los textos, fundamentalmente, sino en las prácticas. Y lo problemático es que esas prácticas se dan en los más jóvenes.

Manifestamos el miedo en la forma en que seguimos "proponiendo" nuestra fe y nuestras convicciones que han de hacerse vida en la Iglesia, en la comunidad de los creyentes, pretendiendo imponerlas por decreto a todos. 
Para nosotros esa fe ha de ser normativa; al mundo solo podemos ofrecerla, no imponerla. Y solo podemos ofrecerla desde el testimonio de nuestra vida concreta personal y comunitaria. Frente a la deshumanización de esta cultura -con la que hemos de dialogar sabiendo que dialogar no significa sumisión al otro, sino fundamentalmente escucha- estamos llamados a visibilizar una manera de vivir contracultural que suscite preguntas e interrogantes, que sea invitativa para otros. Nuestra propuesta moral, que es una propuesta de vida, no puede ser la ética máxima de esta sociedad porque no es admitida como tal, pero nos permite construir una ética de mínimos, de humanidad con todos, compartida, que nos permita seguir caminando juntos. No tenemos otra historia humana donde hacerlo.

Tenemos un problema de comunicación: seguimos sintiéndonos atacados, y respondemos desde las heridas. Contraatacamos, no proponemos; nos defendemos, no escuchamos; ofrecemos a otros el camino del sacrificio, la humildad y la pobreza, cuando somos incapaces de recorrerlos. Confundimos la verdad, con nuestra autodefensa. La manera de proponer nuestro discurso es muy mejorable.

En fin, no hay, ya digo, desesperanza, sino gemido con dolores de parto. Lo recordaba hoy Isaías en la primer lectura de la misa: algo nuevo está naciendo ¿no lo notáis?

Habrá que afinar los sentidos, y descubrir en la esperanza la capacidad que Dios pone hoy en nuestras manos -siempre lo ha hecho- de ser la Iglesia del Señor. Los problemas que tenemos han de ser ocasión de ponernos a la escucha del Espíritu para seguir discerniendo comunitariamente por donde se nos llama a caminar, sin miedo.



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