Orar en el mundo obrero. Ascensión

La Ascensión no es final de ninguna historia, sino el comienzo de un nuevo modo de presencia del Señor entre los suyos, que culminará en el envío del Espíritu Santo (Pentecostés). Es el comienzo de la actividad evangelizadora universal de los discípulos. Una actividad que es de la Iglesia, de la comunidad de creyentes en el Resucitado, con la que el Señor sigue cooperando de manera esencial.

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio es el mandato del Señor. Nuestra vida y misión no tienen sentido si permanecemos encerrados, para conservar lo que somos o tenemos sin mancha. Se nos encomienda transmitir el fuego, no adorar las cenizas. Pero frecuentemente nos centramos en nosotros mismos, o nos quedamos en la realidad más cercana y archiconocida; o justificamos nuestra escasa misión en las dificultades, en lo duro que es el mundo, en el rechazo que quizá encontremos, en el desinterés que la gente muestra, en que ya no tenemos edad, en que el momento no es apropiado, en que no sabemos hacerlo, en que no lo tenemos todo a favor… Podemos llegar a ser cansinos, tediosamente cansinos, distorsionando el proyecto de Dios, porque nos quedamos añorando el fuego apagado de las cenizas que adoramos.

Este pasaje es un antídoto contra nuestra pretensión de conservar y adorar nuestras cenizas (nuestras ideas antiguas, nuestros proyectos muertos de juventud, nuestro bagaje inacabable de quejas y lamentos, nuestras escasas fuerzas, nuestra incapacidad de dar vida). Recibimos la misión de Jesús, somos enviados a proclamar con nuestra vida una Buena Noticia, con signos de vida, acompañando la vida de las personas, haciendo posible signos de liberación, de humanización, de fraternidad y de justicia, en medio de esta realidad en la que vivimos, y que hemos de preñar de vida, para transformarla. 

Igual que los discípulos tampoco nosotros somos el mejor “material” para esa labor. Pensamos aún que la misión es cosa de otros, o que se realiza con grandes gestos mediáticos, de número y poder, de grandes palabras; o simplemente hemos abdicado de ese empeño de vivir, porque nuestras –insisto, las nuestras- ideas y nuestros proyectos nunca llegaron a realizarse del todo. Somos de cansancio fácil, de rendición temprana…

Se nos olvida con facilidad que no somos nosotros quienes le hemos elegido a Él, sino Él quien nos ha elegido a nosotros, con nuestras debilidades, para que vayamos y demos fruto. La Buena Noticia va acompañada de signos, pequeños, insignificantes en tanto semilla, pero liberadores y humanizadores a la larga, capaces de sembrarse para germinar en la espera paciente. Sin signos de vida, el evangelio deja de ser buena noticia para los pobres. 

Ahora es nuestro tiempo: el de los seguidores de Jesús, en comunidad, en la Iglesia, para dar testimonio. El primer signo es nuestra propia vida personal y comunitaria: Mirad cómo se aman. La misión que el Señor pone en nuestras manos nos responsabiliza a la vez que nos hace sentir su amor y confianza. Nos hace experimentar su fuerza. Quien nos envía hace surgir las señales de vida, nos invita a recuperar el horizonte y la esperanza; nos anima a arremangarnos y poner manos a la obra en la tarea de vivir, y hacer posible la vida para todos. Somos portadores de su Vida, de su amor, para cada persona con la que cruzamos nuestro camino. No podemos renunciar ni esconder lo que somos.

Al final de la vida no nos encontraremos con los logros de nuestro esfuerzo y trabajo, sino con el regalo pleno del amor entrañable de Dios. Este es el mensaje más importante de la Ascensión. Es lo que oramos en el mundo obrero en esta fiesta


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