Homilía. Conmemoración fieles difuntos

 Ayer celebrábamos a todos los santos, también “los de la puerta de al lado” y hoy celebramos la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. Familiares, amigos, miembros de nuestra comunidad parroquial. Conocidos, queridos y cercanos, y también los desconocidos y lejanos: los fallecidos en guerras y conflictos, los que mueren víctimas de accidentes laborales, víctimas de la injusticia, migrantes fallecidos en el Estrecho… también aquellos a quienes nadie recuerda. A todos los ponemos en manos del Padre, en la esperanza de la Resurrección.

Una celebración en la que se nos acumulan sentimientos encontrados. El dolor por la pérdida de nuestros seres queridos, la experiencia tantas veces angustiosa de la ausencia, el recuerdo agradecido de su vida, la conciencia de cómo nosotros somos en gran parte por ellos; de cómo nuestra vida se ha ido tejiendo con sus propias vidas. Y, en medio de esos sentimientos la invitación a la esperanza, a creer que no han muerto definitivamente, que la muerte no tiene la última palabra. A creer que la última palabra es la que pronuncia Dios y es siempre una Palabra de Vida. A creer que nuestro horizonte de vida es la resurrección, porque nuestra vida no termina con la muerte, sino que se transforma en una vida plena y resucitada en compañía de nuestros seres queridos, en presencia, cara a cara, de Dios.

La solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos nos dicen que solamente quien puede reconocer una gran esperanza en la muerte, puede también vivir una vida a partir de la esperanza. Si reducimos al ser humano exclusivamente a su dimensión horizontal, a lo que se puede percibir empíricamente, la vida misma pierde su sentido profundo.

Necesitamos eternidad, y cualquier otra esperanza es demasiado breve, es demasiado limitada. El ser humano se explica sólo si existe un Amor que supera todo aislamiento, incluso el de la muerte, en una totalidad que trascienda también el espacio y el tiempo. El ser humano se explica, encuentra su sentido más profundo, solamente si existe Dios. Y nosotros sabemos que Dios salió de su lejanía y se hizo cercano, entró en nuestra vida y nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre». (Benedicto XVI, audiencia el 2 de noviembre de 2011)

¡Qué bien lo expresa la primera lectura de hoy! A propósito de una terrible experiencia que, según quienes la vivieron, significaba el fin de su existencia como pueblo, se preguntaron muy seriamente: ¿para qué nos formó Dios como pueblo suyo si ahora se apoderan de nosotros, nos llevan a su tierra, hacemos nuestro proceso de inculturación en sus costumbres y en su identidad y desaparecemos?

¿Para qué se nos da la vida si todo es un enorme anhelo de futuro y felicidad, pero desaparecemos con la muerte? ¿Quién entiende esto? ¿Quién entiende a Dios?

En el evangelio de hoy aparece Tomás, el discípulo que representa nuestras dudas y dificultades, el que todavía después de la Resurrección sigue dudando en contra del testimonio de todos sus compañeros, que le dicen que han visto a Jesús, él refleja nuestro escepticismo respecto a otra vida y nuestra duda sobre Dios mismo.

Como expresa Pablo, a su manera, Dios es un Misterio que aceptar. Como Misterio nos abruma, nos desborda, nos aturde y conmueve, nos saca de nuestras casillas. Pero solo él es capaz de solucionar el drama humano. Por eso la actitud religiosa es la que de modo tan bonito expresa el salmo de hoy: mi alma espera en el Señor.

Nosotros podemos seguir el camino de Jesús que, en su agonía, en nuestra pregunta, decía a su Padre: «En tus manos encomiendo mi espíritu». Confiar. Confiar a pesar de todo. Poner nuestro futuro en manos de Dios. Eso es tener fe.

El recuerdo de nuestros seres difuntos es una invitación agradecida a la vida y a la esperanza, a sembrarnos sabiendo que nada se pierde, que para Dios toda nuestra vida es sagrada y valiosa, y que por eso la rescata de la muerte, para recorrer el camino de la vida que Jesucristo nos ha abierto con su resurrección, como hombres y mujeres resucitados. En la resurrección de Jesucristo hemos resucitado todos. Él es el camino que conduce a la vida plena, a la vida resucitada, a la vida de santidad.

El mejor recuerdo, la mejor acción de gracias por la vida de nuestros difuntos es recoger la herencia de todo lo bueno que vivimos con ellos, hacerla nuestra, encaminar nuestros pasos a la resurrección, luchando contra todas las muertes de esta historia, en especial contra las muertes injustas, e ir sembrando semillas de resurrección en la vida, ir sembrando semillas de esperanza que hagan posible experimentar ya la vida resucitada. Si la muerte es una dde las pocas certezas de nuestra vida -todos vamos a morir- desde la fe la resurrección es la gran certeza de nuestra vida. En Cristo hemos resucitado. Vivamos como resucitados. Vivamos en la esperanza.

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