Homilía, 3º domingo de Adviento A

 ¡Alegraos! Ha sido la primera invitación de la Palabra de Dios en este domingo. Por boca de Isaías, Dios nos promete un mundo nuevo construido a partir de los últimos, de los desfallecidos. ¿Hay alguien capaz de limpiar nuestro mundo para convertirlo en un mundo de justicia según ese proyecto cantado por Isaías?

Los enviados de Juan preguntan algo parecido: ¿Eres tú? A las preguntas de los enviados de Juan, sobre si él es el Mesías, Jesús responde mostrándoles las obras de su servicio liberador a los que necesitan vida, porque eso es lo que mejor revela su identidad: sanar, curar, liberar la vida. Jesús ya está llevando a cabo este cambio. Y dichoso el que no se escandalice de mí. Porque el Reino llega sin ruido, pero si creemos, si no nos escandalizamos de la forma humilde de la presencia del Mesías, podremos experimentar su fuerza, e incluso comprometernos también nosotros en el verdadero cambio del mundo.

Nosotros somos dados a restar valor a los pequeños gestos humanizadores de acogida, servicio, o acompañamiento como algo que pensamos que es incapaz de transformar la sociedad. Pensamos ingenuamente que el pueblo nuevo nacerá solo del cambio de determinadas estructuras que surjan de una revolución radical. Pero si miramos mejor, descubriremos que lo que muchas personas necesitan para vivir y sentirse esperanzados es simplemente un poco de ternura que les llegue mediante el acompañamiento fraterno y solidario, compasivo y misericordioso, que puedan encontrar en quien esté dispuesto a empeñar su vida junto a ellas. La ternura siempre es curativa, liberadora, transformadora, también de la mentalidad y las estructuras, porque convoca a crear espacios de encuentro y sanación que sean alternativa en nuestro mundo.

Si algo caracteriza la vida de Jesús es su amor apasionado por la vida que nace de la experiencia de sentirse apasionadamente amado por el Padre. Siempre atento a lo que puede hacer crecer a las personas, siempre sembrando vida, salud, sentido, esperanza.

Luchar con firmeza contra toda forma de injusticia y opresión y desenmascarar los mecanismos sociales que las generan es necesario, pero no es suficiente para liberar a las personas y para hacer surgir el Reino de Dios. Solo los gestos liberadores cargados de ternura que nacen en la propia vida ofrecen horizontes nuevos de humanidad y anuncian, haciendo presente, el Reino. Solo poner nuestra propia vida en juego por amor para amar, abre el horizonte a la Esperanza.

Hay personas que se han formado una imagen de Dios a su propia imagen y respondiendo a sus deseos, que no tiene que ver con el Dios de Jesús. Por eso se escandalizan de Jesús, y del Padre, porque los descoloca, los interpela y cuestiona, porque no asumen que la dinámica es la contraria: ponernos nosotros en la clave de Dios –y no al revés- entrando en la dinámica del reino, ante la que no valen nuestras excusas, ni nuestras justificaciones.

Este evangelio nos invita a descubrir y valorar los pequeños signos del Reino presentes en la historia, y también a ser nosotros, con nuestra vida constructores del Reino en la medida en que nos ponemos en la misma sintonía de Jesús: acompañar la vida de las personas con amor para seguir sembrando humanidad y ternura en nuestra historia humana. Y, sobre todo, a no escandalizarnos del amor que desmonta nuestros pretextos y pone de manifiesto lo que nos queda por convertir. Nos invita a dejarnos amar por Dios para ser instrumentos de su amor, y así deshacernos de los ídolos de nuestra vida.

La carta de Santiago nos indica que la fe de la comunidad cristiana se manifestará en un conjunto de obras, no vistosas, sino preciosas; las obras cotidianas de una comunidad que, convertida a la esperanza, se apasiona por el destino de la humanidad, y aunque suframos porque nos parece que el reino avanza con lentitud, no nos encogemos de ánimo, sino que lo ensanchamos, abriéndonos al proyecto increíble de Dios.

La pregunta sobre nuestra identidad de discípulos se responde con nuestras prácticas, con nuestra vida entregada.

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