Homilía 4º domingo de Adviento_A
Las lecturas de hoy nos presentan dos personajes cuya reacción ante la promesa de Dios es diametralmente opuesta. Acaz, el rey incrédulo, y José, figura del creyente.
José
está dispuesto a fiarse de Dios, a seguir el camino confiado del proyecto de Dios.
Cree en las promesas de Dios incluso cuando éstas resultan extrañas e
improbables, incluso incómodas. Ser salvados exige de cada uno de nosotros esa
disponibilidad a dejarse modificar en sus pensamientos, en sus proyectos, en
sus opciones. En José descubrimos que la fe es la condición para poder
contemplar con luz nueva el sentido de las cosas y de las relaciones más
preciosas que vivimos.
Mateo
nos presenta al comienzo de su evangelio a Jesús, Hijo de Dios y presencia
cercana suya entre nosotros. Nuestra fe se fundamenta en un acontecimiento
sencillo y, a la vez, escandaloso: Dios ha querido hacerse hombre, hacerse uno
de nosotros, parecerse a nosotros en todo “menos en el pecado”. Ser cristiano
es, precisamente, experimentar este gozo de la presencia amorosa de
Dios-con-nosotros en nuestra existencia, que comparte nuestra vida, nuestras
luchas y aspiraciones, nuestros problemas, nuestra historia. Dios ha querido,
de ese modo, sostener nuestra esperanza.
Con
su encarnación Dios nos invita a descubrir, reconocer y agradecer esa presencia
solidaria. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la
ternura. (EG 88) Podemos creer que en el ser humano siempre hay más cosas
dignas de admiración que de desprecio, porque podemos reconocer la presencia
encarnada, la imagen de Dios, en cada hermano y en cada hermana.
Es
Dios mismo quien pone nombre a Jesús = “Dios salva”. También a nosotros nos
llama por nuestro nombre, a todos nos conoce como hijos e hijas. Todos somos
únicos e insustituibles para él; igual que Jesús todos tenemos una misión. La
señal que Dios hace es permanecer definitivamente con quienes ama.
Se
nos encarga una misión como la que se encarga a José: hacer posible que crezca
Jesús en nuestra vida. Y, como José, tendremos que aprender a reconocer la
presencia de Dios y a no ser obstáculos a su Gracia. Tendremos que aprender con
humildad a aceptar la acción de Dios en la historia. Tendremos que aprender a
poner nuestra propia vida al servicio del proyecto de Dios, del proyecto del
Reino.
De
José aprendemos a caminar en la fe a pesar de las dudas y el desconcierto, a
aceptar el misterio que nos supera, a no buscar nuestro protagonismo, a creer
en un Dios encarnado y aceptar su propuesta de salvación.
Jesús
pertenece a nuestra historia. El relato termina con una promesa: Dios estará
con nosotros. Él sigue hoy presente en la comunidad, él sigue hoy salvando,
siendo el sostén de nuestra esperanza, presente en la comunidad reunida en su
nombre, en la misión, en los pobres, en la Eucaristía… En el hermano está la
permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros.
Dios
se hace humano, y su cercanía nos envuelve. Cuando dos o tres se reúnen en mi
Nombre, “Yo estoy allí, en medio de ellos”, porque el Señor prometió su
Presencia donde dos o más se reunieran en su Nombre. Esta es la clave para la
vida heroica: estar unido a Cristo en comunidad.
Que
no pasen desapercibidos, en este tramo final del adviento los signos de la
presencia de Dios en nuestra historia, que no desaprovechemos la ocasión de
comprometernos en la vida de fe, de esa fe obediente, como la de José.
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