Homilía Navidad (Misa de medianoche)

 Dice el profeta Isaías (9, 1ss) que el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; que habitaban en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Y, dice también, que Dios acreció su alegría y aumentó su gozo… porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.

También hoy nuestro mundo está plagado de tinieblas, de sombras de muerte que devastan nuestra humanidad. Las guerras interminables, los dictadores que campan a sus anchas, la democracia amenazada, la pobreza de nuestras calles que no desaparece, los silencios cómplices con que ocultamos la realidad; la mentira que todo lo llena. El derecho a la vivienda convertido en un negocio, como el derecho a la salud. La injusticia que avanza imparable. El racismo y la xenofobia que van ganando terreno en nuestras mentes, en nuestros discursos y en nuestras prácticas. El futuro que parece que no alcanzamos, la paz que se hace lejana… La esperanza que cada día se ve amenazada.

Tenemos una ciudad llena de luces de colores que deslumbran de modo que oscurecen nuestro mundo y nuestra vida. Pero en medio de esas tinieblas, en medio de esas sombras de muerte escuchamos la profecía de Isaías: una luz nos brilla, nuestro gozo y nuestra alegría se acrecientan, porque un niño nos ha nacido. Dios sigue poniéndose en nuestras manos, para que lo cuidemos, para que le dejemos crecer en nuestros corazones y para que pueda transformar esa oscuridad en luz.

Esta es la noche –hoy es el día- de nuestra alegría colmada, de nuestra esperanza cumplida, porque en medio de las sombras de nuestra existencia, en medio de tantos lugares de muerte, Dios mismo ha venido a nacer, a habitarlos, iluminando nuestra existencia con la luz de su amor, y abriendo el horizonte de la historia a la gran Esperanza.

Hoy podemos experimentar la alegría crecida y gozo aumentado, porque Dios se hace carne de nuestra carne; no nos deja solos, habita y camina con nosotros. Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Eso cantamos. Eso queremos experimentar.

El nacimiento de Jesús en esta narración de Lucas es un acontecimiento irrelevante: una pareja pobre que tiene que viajar para empadronarse, que no encuentra sitio en la posada, y tiene que refugiarse a las afueras de la ciudad en un establo donde dan a luz a su hijo. La misma historia de tantas personas, de tantos migrantes que llegan hasta nosotros.

Jesús nació de María en el seno de un pueblo dominado, oprimido y explotado por el mayor imperio de la época. Si olvidamos esto convertimos el nacimiento de Jesús en una abstracción, porque es algo que sigue sucediendo con la misma irrelevancia cada día; de noche también. Pero en la aparente irrelevancia de los acontecimientos humanos hay un trasfondo en que predominan la luz y el gozo. La gloria del Señor lo envuelve todo.

La señal de esa gloria es también irrelevante: un niño, recién nacido, envuelto en pañales, acostado en un pesebre, algo tan desapercibido para quienes buscan lo extraordinario que solo pueden apreciar y valorar quienes saben mirar y contemplar más allá de lo que ocurre en esos hechos, a quienes son capaces de asombrarse y acoger la Buena Noticia de la encarnación de Dios en nuestra historia.

A mirar y comprender así no aprendemos por nuestra cuenta. Para eso tenemos que acercarnos a Belén y vivir la navidad con María, y hacerlo en comunidad. Lo difícil no será llegar hasta el niño, sino una vez llegados hasta él, dejar que nos cautive su ternura; dejar que se haga carne en nuestra vida, que acampe en los recovecos de nuestra existencia para continuar ese encuentro gratuito de amor a lo largo de toda nuestra vida, que encuentre lugar donde habitar y crecer en nuestra vida; que transforme nuestra manera de pensar, de sentir, de vivir.

Tendremos que seguir buscándolo y encontrándolo en la cotidianeidad de la vida, en tierras de sombra y muerte por donde camina nuestra gente, para ser capaces de percibir la luz que brilla en medio de las sombras. Tendremos que acompañar la vida de las personas, especialmente de quienes sufren, sin olvidar que, sobre todo, es para ellos esta buena noticia, como lo fue para los pastores a las afueras de Belén.

La Navidad, para los cristianos, es una fiesta de alegría y esperanza; es siempre noticia gozosa y, a la vez, encrucijada de vida. Necesitamos seguir habitando los lugares donde Dios se sigue encarnando, donde sigue naciendo hoy. Necesitamos ser capaces de habitar –muchas veces- a la intemperie, sin aferrarnos a otras seguridades. Necesitamos acampar donde la Palabra hecha carne acampa.

Hoy nos acercamos a Belén, a escuchar esta Buena Noticia, a contemplar a este Niño que, si tiene futuro, entonces es que hay futuro para todas las personas del mundo que sufren. Nos acercamos a Belén a dejarnos contemplar por la mirada tierna de Dios, a recibir la alegría, a mirar y ser capaces de asombrarnos y abrirnos al Misterio, a tocar la debilidad de Dios y a experimentar su ternura que nos envuelve. Tocando la debilidad de Dios aprendemos a tocar la carne sufriente de nuestros hermanos.

Es Navidad. El Nacimiento de Jesús es una invitación a complicar nuestra vida con la suya. A ser sus manos que reciben y cuidan; a ser su mirada que acaricia y descubre posibilidades; a ser su corazón, que se conmueve, se indigna, y ama.

No dejemos pasar esta Navidad sin ofrecer al Niño Dios nuestro regalo: el regalo de la esperanza renacida, del amor concreto, de la paz vivida, de nuestro trabajo por la justicia, por una fraternidad real, por una creación custodiada, por una vida digna para todos. El regalo de una humanidad que construye fraternidad, que acoge a todos, done todos podemos sentir la tierna mirada amorosa de nuestro Dios. Ofrezcamos al Niño el regalo de nuestra vida.

Feliz Navidad.

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