Homilía Sagrada Familia
Dice un refrán que “poco dura la alegría en casa del pobre”. En María, José y Jesús, se cumple. Al poco de nacer Jesús han de ponerse otra vez en camino –refugiados, emigrantes- huyendo de una muerte anunciada, buscando otras posibilidades de vida. También a Jesús le tocó vivir en país extranjero, con todas las penalidades por las que pasan quienes deben abandonar su tierra, su casa, su vida…
La
vida de la sagrada familia se diferencia poco de la de tantas familias de
nuestros días. Desde el primer momento tener que hacer frente a dificultades
que amenazan la vida, la vida posible y digna. Proyectos familiares
imposibilitados, o necesariamente retrasados, proyectos de vida precaria… La
vida de la sagrada familia hoy se parece más a la vida de las familias de Gaza,
a las de ciertos barrios de las periferias de nuestras ciudades, a nuestras
propias familias en muchas ocasiones.
Pero
hay algo especial en esa familia, como puede haberlo también en las nuestras. La
familia de Nazaret no es solo antesala de lo que luego será importante en la
vida de Jesús. Es ya hogar de encuentro, experiencia de amor y de ternura,
escuela de vida, es proyecto de salvación, es ya signo luminoso de Dios con
nosotros en medio de las vicisitudes de la vida cotidiana. A través de Jesús el
amor de José llega a nosotros, igual que nos llega el recuerdo del cuidado que
debemos tener los unos de los otros, sobre todo de los más vulnerables. En
medio de las incertidumbres que vivieron, en medio de la existencia vulnerable,
vivió unas relaciones de cuidado y amor.
Esa
realidad tan profundamente humana de la familia, como todas las dimensiones de
la existencia humana, podemos libre, consciente y responsablemente vivirla
desde la oferta de felicidad que Dios nos hace, desde el seguimiento de
Jesucristo. Hacerlo así no anula en absoluto la realidad humana que es la
familia, sino que le da su más pleno sentido. Es lo que la comunidad eclesial
acoge, expresa y vive en el Sacramento del Matrimonio fijando nuestra mirada en
Jesús de Nazaret. La familia es el ámbito donde la vida comienza y se cuida,
donde el amor nunca termina, donde acogemos las diferencias de cada uno, donde
todos son importantes, desde el recién nacido hasta el abuelo o la abuela
anciana a quien hay que cuidar.
Nuestra
tarea es crecer permanentemente en hacer vida la propuesta cristiana sobre la
familia; viviendo con realismo, seriedad y gozo la realidad familiar. Realidad
que es lugar del don amoroso de Dios y llamada de Dios: con la ayuda de la
Gracia podemos construir esa realidad como signo de la presencia del Reino de
Dios.
Viviendo
a semejanza de la vida trinitaria de comunión: construyendo la pareja como un
ser uno desde la diversidad y singularidad de cada cual. Viviendo la relación
de pareja desde el amor que reconoce y promueve la singularidad de cada uno en
la igualdad que permite caminar en la unidad desde la diversidad, viviendo la
preocupación permanente por el crecimiento y la realización del otro o la otra.
Viviendo
el matrimonio y la familia cada vez más desde el amor. Es el Espíritu quien nos
enseña a amar «como Cristo ama a su Iglesia»: sólo el amor puede dar vida,
consistencia y cohesión al matrimonio y la familia. Entre el amor de pareja, el
amor a los hijos y el amor que se concreta en el compromiso por construir una
sociedad más fraterna existe una estrecha unidad, son dimensiones de un único
amor.
Viviendo
las relaciones de pareja y de familia como símbolo de la cercanía del Reino,
que proclama la fuerza del amor para construir relaciones verdaderamente
humanas; en vivir la familia como símbolo de la comunidad del Reino, que
proclama la vida de un Dios que es comunión de personas; en vivir la pareja y
la familia como comunión de personas al servicio de la construcción de la
fraternidad en la sociedad.
Pablo
a los Colosenses les da unas claves para vivir en la presencia de Dios, en su
seguimiento, que también son para nosotros. Porque seguir a Jesús no son ideas,
es seguir a una persona y encarnar su mismo modo de vida.
Nos
dice que el amor es el ceñidor de la unidad, y que forma parte de este seguimiento
ser misericordioso, dulce y humilde. Que hay que revestirse con compasión, con
perdón, buscando la paz. Que hay que ser agradecido y enseñarse unos a otros.
Todo en Nombre de Jesús. Y lo que vale en la vida personal sirve para la familiar,
para cualquier tipo de relación.
Jesús,
María y José vivieron así, en una familia de Nazaret. Pobres entre los pobres, porque
su mayor riqueza era el amor y la entrega. Humildes, serviciales, acogedores,
viéndose crecer unos a otros.
Con
la entrega y el amor por delante de todo. Que este modelo pueda ser ejemplo para
todos, para nuestras familias. Que nuestras familias puedan ser en nuestro
mundo, testimonio de amor y comunión, testimonio de entrega y cuidado,
testimonio de vida. Que en medio de las incertidumbres por las que atraviesan
nuestras familias, sepamos tejer en ellas relaciones de cuidado mutuo,
relaciones de amor.
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