Homilía 3º domingo TO. Domingo de la Palabra de Dios
El papa Francisco instituyó este tercer domingo del tiempo ordinario como el domingo de la Palabra de Dios. Por eso hemos dado relevancia a la Palabra en medio de nuestra asamblea. Nos invitaba a tener familiaridad con la Palabra y con el Resucitado, que no cesa de ofrecer su Palabra y su Vida en la comunidad de los creyentes. El gran desafío es escuchar la Palabra, ser oyentes de la Palabra, para practicar la misericordia.
Y
hoy, la Palabra de Dios, como cada domingo, nos interpela. Nos habla, en primer
lugar, de los conflictos de nuestra vida. Ser cristiano nunca ha sido fácil; es
decir, nunca se puede pensar que ser cristiano tiene que ver con situaciones de
calma, de sosiego, de tranquilidad. El cristiano, como Jesús, reconoce los
conflictos de la existencia, y los afronta, porque es en medio de los
conflictos de la vida donde nos podemos dar cuenta de la necesidad de Dios que
tiene nuestro mundo.
El anuncio del Reino comienza en medio del
conflicto: habían arrestado a Juan. Para Jesús ese signo es la llamada a
realizar su misión. Una misión que comienza con renuncias: se retira a Galilea,
deja Nazaret, en medio de un pueblo que habitaba en tinieblas. Una misión que
comienza en las periferias, Galilea, en una región despreciada.
El
anuncio del Reino comienza con una llamada a la conversión: convertíos, porque
está cerca el reino de los cielos. Una cercanía que se irá explicitando y
haciendo palpable en la vida, en las palabras y obras de Jesús, pero que no
podremos apreciar sin conversión. Necesitamos un cambio de mentalidad, de
criterio, para descubrir el Reino donde está, que no siempre coincide con los
lugares donde esperamos que esté, o que se manifiesta de modos y maneras que no
coinciden con los que suponemos desde nuestra manera de pensar. Hoy la Palabra
nos invita a repensar nuestra manera de estar en el mundo, personalmente, y
como comunidad cristiana.
El
anuncio del Reino siempre nos descoloca, porque su llegada inaugura una
situación completamente nueva. No es algo que llegue a nosotros, sino que nos
pone en camino, nos lanza a su búsqueda, nos pide la capacidad de reconocerlo y
acogerlo, de descubrirlo en la vida cotidiana y sencilla. Nos pide la
conversión de reconocer a Cristo como centro de nuestra existencia y
reorientarla desde esa presencia que nos habita. La conversión nos lleva al
seguimiento.
El
anuncio del Reino comienza en la periferia, entre los descartados del sistema,
en los márgenes de la vida, allí donde parece que ya no hay esperanza, ni
motivos para la lucha, donde parece que toda justicia es vencida, que el amor
ha sido eliminado de las relaciones humanas. Allí donde el pueblo camina en
tinieblas, se empieza a anunciar el reino a través de una luz que brilla, la de
Cristo, la que encarnamos cada una y cada uno de nosotros que le seguimos.
Si
no estamos en esos lugares, si no nos acercamos siquiera a las periferias
existenciales, lo normal es que ni veamos ni escuchemos a Dios, porque no
podemos ver ni escuchar a los pobres, y no podemos ver ni acoger los signos del
reino, ni sentirnos llamados a ofrecer lo que experimentamos. Si nuestra vida
no está encarnada en la vida de los empobrecidos del mundo obrero, terminaremos
por creer que no hay buena noticia, que no hay esperanza, que no hay mañana, ni
vida.
No
nos gusta que nos estén recordando la necesidad de conversión que tenemos, pero
no hay otro camino que reconocernos necesitados de conversión para abrirnos al
regalo inmerecido del amor de Dios que transforma nuestra vida. Necesitamos
dejarnos amar por Dios, para descubrir que la vida tiene sentido si amamos, si
la entregamos, como él, para que otros puedan vivir.
No
nos quedemos enredados en redes que nos asientan en lo más que sabido. Dejemos
que nos enrede el amor. Que nuestra voz, Señor, se haga siempre, eco de la tuya,
que sea reflejo de tu Palabra.
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