Homilía Bautismo del Señor
El convencimiento de Israel, en tiempos de Jesús es que, habiendo desaparecido los profetas, el pecado ha distanciado el Espíritu de Dios. Dios calla, el pueblo guarda silencio, los cielos están cerrados, son impenetrables, no hay manera de establecer esa relación con Dios, y la humanidad solo puede caminar en muerte y tristeza a través de una existencia sin horizonte.
Juan
viene a mostrar la llave con la que abrir de nuevo las puertas que cierran el
acceso a Dios: la conversión mediante el bautismo con agua. En la fila de los
pecadores se sitúa Jesús, no por su pecado, sino por su solidaridad que se
enraíza en su humanidad encarnada, con ese pueblo pecador, necesitado de
encuentro y conversión a Dios. Y en la escena de su bautismo vuelve a abrirse
el cielo, a descender el Espíritu, a oírse la voz de Dios que vuelve a hablar a
su pueblo, indicándole el camino de retorno a la casa del Padre, que no es otro
que la vida y la misión que Jesús va a convertir en el eje de su existencia: la
fiel obediencia al amor del Padre que hará que su vida se convierta en misión;
en vida entregada por amor para que otros puedan vivir.
Jesús,
se dejó llevar por el Espíritu hacia la plenitud humana y, así, marca el camino
de nuestra propia realización personal y colectiva, siendo conscientes de que,
sólo naciendo de nuevo, naciendo del agua y del Espíritu, podremos desplegar
todas nuestras posibilidades humanas. La presencia de Dios en nosotros se da en
lo que tenemos de específicamente humano; no puede ser una inconsciente presencia
mecánica ni automática. Dios está en todas las criaturas como la base y el
fundamento de su ser, pero solo el hombre puede tomar conciencia de esa
realidad y puede vivirla.
Dios
está con nosotros. Esta es la gran verdad que no termina de realizarse en
Navidad, es la verdad que podemos celebrar cada día, porque somos invitados a
acoger el regalo del amor infinito de Dios, con entera libertad, y a responder
a él con total responsabilidad para vivir nuestro compromiso bautismal cada
día, ofreciendo nuestra vida a la realización de la fraternidad.
Dios,
en nuestro bautismo se nos da todo. Y solo nos pide que nos demos por entero a
ese amor que nos da. En la medida en que vamos respondiendo con fidelidad a esa
vocación bautismal de ser hijos e hijas y hermanos y hermanas, unas de otros,
descubrimos el horizonte de la promesa y la esperanza que encierra la vida
humana vivida en la plenitud del amor de Dios.
En
el núcleo de nuestra experiencia de fe se encuentra la vivencia de una
experiencia cotidiana de la que estamos llamados a ser conscientes y que hemos
de cultivar y cuidar cada día: somos por el amor de Dios, y somos para el amor
de Dios. Soy amado gratuitamente, e invitado a amar agradecidamente. Esta es la
experiencia fundamental de nuestra fe.
Seguramente
no tenemos conciencia de nuestro bautismo, realizado en nuestra infancia, pero
sí la podemos tener del momento de la vocación que experimentamos a
encontrarnos con Cristo en nuestra vida, a dejarlo todo y seguirle, y a esa
renovación cotidiana de nuestra condición de bautizados -hijos y hermanos- que
vivimos en la entrega a los demás. Cada día seguimos escuchando esa misma voz
de Dios: Tú eres mi hijo, mi hija, amada, y me complazco en ti. Y en el cálido
susurro de ese amor que abraza nuestra existencia, acunados en la ternura de
Dios, salimos a vivir cada día como un regalo que podemos compartir en la
experiencia de la fraternidad.
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