Homilía domingo 2 TO_A
Hoy comenzamos el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Ocho días para pedir a Dios el don de la unidad, de modo que podamos ser las iglesias cristianas testigos de su amor en medio de este mundo injusto.
Nuestro
mundo necesita ese testimonio de que es posible la unidad en la diversidad. La
unidad que es don del Espíritu Santo. La división entre nosotros es parte de
ese pecado del mundo que Cristo puede quitar. Nos hemos dejado contagiar los
cristianos, muchas veces, de esa manera de pensar nada cristiana que prima en
nuestro mundo, nos hemos dejado envolver en una cultura nada evangélica.
“El
pecado del mundo”. No porque “el mundo” personificado cometa pecados que nos
hacen inimputables a nosotros, sino porque hemos construido un mundo de pecado
y sobre el pecado, sobre el conflicto egoísta y deshumanizador. Nuestro mundo
es producto del pecado, se sostiene sobre estructuras injustas, sobre
estructuras de pecado. Salvar algún aspecto no salva su totalidad. Si algo
necesita este mundo es acabar, ser radicalmente transformado, no solo reparado.
Necesita despojarse de su pecado, ser despojado de este.
El
Evangelio nos dice hoy que eso solo puede hacerlo Jesucristo. Él es el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo, el que acoge el sueño de Dios, su
voluntad como propia, y puede hacer nacer algo nuevo; es quien se llena del
Espíritu de Dios y vive con ese Espíritu. Eso solo puede hacerlo quien ame de
la misma manera que Dios a toda la humanidad y a toda la creación.
El
Adviento que hemos recorrido, y la Navidad que hemos gozado con esperanza, nos
suman a la tarea de Dios, a su sueño del Reino, a su proyecto de humanización.
Por eso, este tiempo, ordinario y cotidiano, es el de arremangarnos en un
compromiso apostólico que reclama nuestra entrega vital. El seguimiento de
Jesús no nos encierra en un círculo de rutina constante, sino que nos hace
avanzar en la novedad de la esperanza, sembrando semillas de fraternidad,
siendo trabajadores de la paz, de la justicia, movidos por el amor y la
misericordia entrañable, acompañando el caminar y la vida de nuestro pueblo,
despojándonos de todo aquel peso inútil que nos impide caminar.
El
seguimiento de Jesús nos lleva a tender puentes donde otros no lo hacen, a
derribar muros, que sustentan las estructuras de pecado; a tejer fraternidad
mostrando otro modo de trabajar de vivir, de ejercer la autoridad, el servicio,
sobre todo a quienes, por amor de Dios, han de ocupar el centro de la Iglesia,
de nuestra vida comunitaria, y de la vida social: las personas empobrecidas.
El
pecado no es algo que solo debe ser perdonado, sino también quitado, arrancado
de la humanidad. Creer en Jesús no es solo abrirse a su perdón, sino
comprometerse en su misma causa contra el mal y la injusticia, contra todo lo
que deshumaniza la vida de las personas y rompe la fraternidad. Es comprometerse
a luchar contra las causas de la injusticia y la deshumanización, porque la
tarea de la comunidad cristiana es, precisamente, la tarea del Reino; construir
el reino de Dios.
Lo
hemos visto y oído, somos testigos. Nuestra vida ha de testimoniar esa
convocación amorosa de Dios a la fraternidad, a la amistad social. Hemos de ser
testigos de otro mundo posible. Y para eso, antes, hemos de escuchar. En
palabras del papa Francisco:
Primero:
escuchen a los hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños concretos, en sus realidades,
en sus gritos silenciosos expresados en sus miradas y en sus clamores
profundos. Tengan el oído atento para no dar respuestas a preguntas que nadie
se hace ni decir palabras que a nadie le interesa escuchar ni sirven. Escuchen
con oídos abiertos a la novedad y con un corazón samaritano.
Segundo:
escuchen los latidos de los signos de los tiempos, la Iglesia no puede estar al
margen de la historia, enredada en sus propios asuntos, manteniendo inflada su
burbuja. La Iglesia está llamada a escuchar y ver los signos de los tiempos,
para hacer de la historia con sus complejidades y contradicciones, historia de
salvación.
Necesitamos
ser una Iglesia vitalmente profética, desde los signos y los gestos, que
muestren que existe otra posibilidad de convivencia, de relaciones humanas, de
trabajo, de amor, de autoridad y servicio.
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