Homilía 5º domingo TO_A
Las
imágenes, aunque tengan fuerza, en determinados contextos resulta complicado
que la desplieguen.
Hablarle
hoy de sal a un mundo hipertenso y desabrido, a un mundo de comida rápida, de
leches semis, desnatadas, que no son leche… o de luz que brilla, en ciudades
ahítas de contaminación lumínica, que impiden ver nada más que su propia luz,
que más que iluminar ciegan, requiere una capacidad de vinculación de las imágenes
a las realidades que habitamos, para que la palabra resuene con todo su
significado, para que la luz realmente brille e ilumine, y para que el sabor
perdido retorne a nuestro paladar.
Un
mundo contaminado de injusticia, que ha perdido el olfato y el sabor, que ha
perdido la vista, y camina en medio de la oscuridad, necesita que seamos sal y
que seamos luz. Necesita que demos sabor a la vida.
Hemos
dejado de saborear la vida porque andamos empachados de todo lo consumible.
Hasta la fe y la oración las hemos convertido en artículos de consumo. Hemos
dejado de saborear la vida porque hemos perdido la capacidad de amar que nos
humaniza y nos vincula en fraternidad.
El
sabor de la vida es su humanidad. La vida verdadera sabe a humanidad. A
humanidad plena y digna. Sabe a fraternidad. Sabe a comunión, a trabajo
decente, a sanidad universal, a vecindad entrelazada, a soledades habitadas, a
condiciones dignas de vida para todas y para todos. Sabe a esperanza, a mañana
y a futuro. Sabe a políticas que ponen en el centro la vida de las personas y
sus necesidades. Sabe a risa y alegría. Sabe a acogida de los últimos. Sabe a
bienaventuranza y a Reino. Sabe a misericordia y a consuelo. Sabe a entrega
gratuita por amor.
Una
vida así es capaz de brillar, de alumbrar, en medio de la oscuridad. Nuestro
mundo sigue necesitando estas luminarias proféticas de las vidas entregadas de
tantas mujeres y hombres que estemos dispuestos a mostrar con esperanza la luz
capaz de brillar en medio de la oscuridad. Necesitamos ser una Iglesia
vitalmente profética, desde los signos y los gestos, que muestren que existe
otra posibilidad de convivencia, de relaciones humanas, de trabajo, de amor, de
poder y servicio.
Para
esto necesitamos escuchar, acoger la vida de nuestras hermanas y hermanos
empobrecidos; necesitamos escuchar los signos de los tiempos, y necesitamos
escuchar la voz del Espíritu, para poder ser luz, para poder ser con nuestra
vida Luz de Cristo. Necesitamos escuchar la vida de las personas, y escuchar a
Dios, escuchar su Palabra.
Tendríamos
que preguntarnos si lo que vivimos en nuestras comunidades cristianas es hoy
signo, sal o luz, para nuestro mundo, o si hemos perdido también nosotros la
capacidad de dar sabor a la vida. Preguntarnos si cada una y cada uno de
nosotros ponemos en nuestro pequeño mundo algo que realmente dé sabor de
humanidad a la vida; algo que consuele, que sane, que acompañe, que libere, que
humanice la existencia de nuestras hermanas y hermanos. Preguntarnos si nuestra
vida en su pequeñez es hoy signo de esperanza. Si nuestros gestos, aunque
pequeños, van abriendo camino a la justicia y la paz, a la fraternidad, a la
amistad social que supera la polarización que se nos cuela y nos destruye.
Ese
domingo celebramos el domingo de Manos Unidas, campaña contra el hambre. Lo
hacemos con nuestra oración, con la llamada a nuestro compartir generoso, y con
la conciencia de que en medio de este mundo con recursos suficientes para acabar
con el hambre de todas las personas que lo padecen, si quisiéramos, es posible.
Manos Unidas sigue siendo sal, y luz, en medio de nuestro mundo.
Nuestro
estilo de vida austero, generoso, comprometido está llamado a ser la sal y la
luz que el mundo necesitan. No callemos, no seamos indiferentes, mostremos que
otro mundo es posible, dando luz, dando sabor de humanidad a la vida.
Mostrémoslo con nuestra vida. Seamos salerosos.
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