Homilía miércoles de ceniza

 

Un año más comenzamos la cuaresma en este miércoles de ceniza con ese gesto simbólico de la imposición de la ceniza, que nos recuerda nuestra vulnerabilidad y finitud, y renueva la invitación a reemprender el camino de conversión a la casa del Padre, hacia la Pascua definitiva. Y el camino de conversión comienza, como en tiempo de los profetas por hacernos preguntas, por hacer una mirada creyente sobre nuestra realidad, por no quedarnos instalados en la tentación de que nada puede cambiar, de que siempre ha sido así, o de que no hay nada que hacer. Comienza por hacernos conscientes de que en nuestra vida hay cosas que cambiar.

Necesitamos esa primera mirada a la vida, a la realidad, para ser conscientes del pecado, de las estructuras de pecado que sostienen nuestro mundo; para ser conscientes de que es un mundo construido de espaldas a Dios y a la buena noticia del Evangelio que, por eso, es un mundo construido contra la dignidad de los seres humanos. Necesitamos mirar la realidad, también de nuestra vida, para darnos cuenta de que nosotros también tenemos parte en esa realidad de pecado, con nuestras actitudes, con nuestras maneras de pensar, con lo que hacemos, y la mayoría de las veces con lo que dejamos de hacer, por miedo, por vergüenza, por desidia, por egoísmo insolidario.

¿Se puede vivir de otra manera? ¿Podemos ser distintos? ¿Hay relación entre los valores éticos, las convicciones religiosas, nuestros criterios personales y la convivencia social que organizamos?

Si hay relación entre nuestras creencias, nuestras maneras de pensar y de vivir y nuestra organización social que descarta personas, que genera exclusión, no podemos pretender un cambio que se dé solo en un aspecto. Tendrá que haber cambios en nuestras convicciones, ideas, intereses y comportamientos. Especialmente si eso tiene que ver con el sufrimiento, el dolor o la pobreza de las personas.

Tendrá que a ver un cambio en nuestra vida que nos haga más capaces de caminar a la escucha del evangelio, y a la escucha del lamento de las personas empobrecidas. Dos oídos, dos escuchas igualmente necesarias. Este tiempo de cuaresma quiere afinar nuestro oído y nuestra vista, pero sobre todo, convertir nuestro corazón hacia la solidaridad, la compasión, y el encuentro con Dios y los hermanos en la lucha por la justicia, la vida y la verdad.

De nuestra relación con Dios depende que seamos activos o pasivos, generosos o egoístas, sensibles o insensibles. Para cambiar nosotros y la sociedad tenemos que cambiar nuestra relación con Dios, tenemos que convertirnos a su amor. De la profundidad de la fe brota la vitalidad de nuestro comportamiento social y solidario.

El Miércoles de Ceniza abre el camino cuaresmal invitándonos a volver a lo esencial. Jesús nos sitúa ante una tentación muy actual: vivir la fe para ser vistos, reconocidos o valorados.

La limosna, la oración y el ayuno pierden su sentido cuando se convierten en exhibición y no en encuentro. Dios no se deja impresionar por los gestos externos. Mira el corazón. Allí, en lo escondido, se juega la autenticidad de nuestra vida creyente.

La Cuaresma no es tiempo de aparentar conversión, sino de dejarnos transformar en silencio, sin aplausos, sin máscaras.

El ayuno que agrada a Dios no busca tristeza ni rigidez, sino libertad interior. La oración verdadera no necesita escenario, sino verdad. La limosna auténtica no espera recompensa, sino que nace de un corazón compasivo.

Hoy la ceniza nos recuerda nuestra fragilidad y, a la vez, nuestra oportunidad: volver a Dios desde lo pequeño, desde lo sincero, desde lo que nadie ve. Allí comienza el verdadero camino de conversión.

Es miércoles de ceniza, tiempo de cambio, de conversión, de reconciliación; de avivar nuestra fe y desempolvar y despertar nuestros sentidos, para ir haciendo el camino de regreso al amor del Padre, a su perdón y misericordia. Es tiempo de conversión, una conversión que no debe esperar. Ahora es tiempo favorable, es tiempo de salvación, de vuelta a lo más sincero de nuestra existencia. Ahora es el momento del cambio. Los «pobres» lo urgen. Y Dios nos lo pide.

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