Homilía. Primer domingo de Cuaresma _ A

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas. (León XIV, Mensaje)

El miércoles de Ceniza proclamábamos la lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios (5,20–6,2) que nos invita en nombre de Cristo a reconciliarnos con Dios, a no echar en saco roto la Gracia de Dios, y a experimentar que nos escucha y ayuda, en este momento, en este tiempo, que es para nosotros tiempo favorable y día de salvación, precisamente porque Dios nos escucha y ayuda.

Cada día es tiempo favorable y día de salvación, para percibir la escucha de Dios, y para avanzar en nuestro camino de conversión, para experimentar la Gracia y no echarla en saco roto. Esta es la actitud con la que hemos de comenzar el camino de Cuaresma, porque la Cuaresma siempre parece pillarnos a traspiés, con el paso cambiado.

La primera y necesaria actitud de la Cuaresma es reconocer nuestro pecado, sentirnos pecadores, porque solo así podremos ponernos en actitud de conversión. La necesitamos. La necesito. Tengo que reconocer las tentaciones que me pueden. Y tengo que reconocer cuántas veces caigo en ellas, porque me dejo arrastrar, porque quiero dejarme arrastrar –es más cómodo- sin complicarme la vida. Me justifico: “yo no puedo hacerlo todo”, “también los otros lo hacen”, “son los otros…es la Iglesia”; en el fondo “esto no es importante” …

En el fondo, las tentaciones son momentos en que renovar nuestro seguimiento, nuestro ‘Sí’ cotidiano al Señor. Cuántas veces nos dejamos arrastrar con facilidad por costumbres y modos de vivir que se van instalando en nuestra sociedad, vaciando de humanidad las experiencias más propias del ser humano. Nos instalamos en la cultura del descarte (en el consumo, en el usar y tirar) también en las relaciones humanas. Asistimos entre indignados y perplejos al espectáculo de la corrupción, o damos culto a modas y estilos de vida inhumanos. Y terminamos viéndolo como algo normal, aunque tengamos que sacrificar todo: el descanso, la amistad, la familia, el ser, la justicia, la misericordia…

En el fondo, disfrazada con distintos ropajes, la tentación es siempre la misma: Tener en vez de ser; aprovecharnos de Dios. Querer que Dios se acomode a nuestros proyectos y deseos. Nuestra gran tentación de hoy es convertirlo todo en pan. Reducir el horizonte de nuestra vida a la satisfacción de nuestros deseos, obsesionados por un bienestar siempre mayor; encerrarnos en un falso bienestar que levanta barreras cada vez más inhumanas, para que los pobres no lleguen a nuestras puertas; utilizar el poder para pretender construir el Reino.

¡Tantas veces, actuamos al margen de Dios! Cuando rechazamos nuestra condición peregrina de trabajadores del Reino y nos instalamos, cuando nos erigimos en dueños absolutos de la vida, en jueces inmisericordes, y cuando huimos de nuestras responsabilidades. Necesitamos abrirnos a Dios. Necesitamos cultivar el Espíritu, conocer el amor, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar y abrirnos al Misterio último con esperanza. Necesitamos lucidez para identificar las tentaciones que nos llegan –incluso, bajo apariencia de bien- y necesitamos pedir ayuda al Señor para esto.

El papa León en su mensaje para esta Cuaresma nos recuerda que es tiempo de escucha, de la Palabra de Dios, y de los pobres, y que nuestra parroquia está llamada a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común.

Si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonadosenviados. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer». Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge «para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos».

Esta cuaresma necesitamos que vuelva a sonar en nuestra vida la música del evangelio, para poder vivir como hijos e hijas de la luz.

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