Homilía. Primer domingo de Cuaresma _ A
El
miércoles de Ceniza proclamábamos la lectura de la segunda carta de san Pablo a
los Corintios (5,20–6,2) que nos invita en nombre de Cristo a reconciliarnos
con Dios, a no echar en saco roto la Gracia de Dios, y a experimentar que nos
escucha y ayuda, en este momento, en este tiempo, que es para nosotros tiempo
favorable y día de salvación, precisamente porque Dios nos escucha y ayuda.
Cada
día es tiempo favorable y día de salvación, para percibir la escucha de Dios, y
para avanzar en nuestro camino de conversión, para experimentar la Gracia y no
echarla en saco roto. Esta es la actitud con la que hemos de comenzar el camino
de Cuaresma, porque la Cuaresma siempre parece pillarnos a traspiés, con el
paso cambiado.
La
primera y necesaria actitud de la Cuaresma es reconocer nuestro pecado,
sentirnos pecadores, porque solo así podremos ponernos en actitud de
conversión. La necesitamos. La necesito. Tengo que reconocer las tentaciones
que me pueden. Y tengo que reconocer cuántas veces caigo en ellas, porque me
dejo arrastrar, porque quiero dejarme arrastrar –es más cómodo- sin complicarme
la vida. Me justifico: “yo no puedo hacerlo todo”, “también los otros lo
hacen”, “son los otros…es la Iglesia”; en el fondo “esto no es importante” …
En
el fondo, las tentaciones son momentos en que renovar nuestro seguimiento,
nuestro ‘Sí’ cotidiano al Señor. Cuántas veces nos dejamos arrastrar con
facilidad por costumbres y modos de vivir que se van instalando en nuestra
sociedad, vaciando de humanidad las experiencias más propias del ser humano.
Nos instalamos en la cultura del descarte (en el consumo, en el usar y tirar)
también en las relaciones humanas. Asistimos entre indignados y perplejos al
espectáculo de la corrupción, o damos culto a modas y estilos de vida
inhumanos. Y terminamos viéndolo como algo normal, aunque tengamos que
sacrificar todo: el descanso, la amistad, la familia, el ser, la justicia, la
misericordia…
En
el fondo, disfrazada con distintos ropajes, la tentación es siempre la misma:
Tener en vez de ser; aprovecharnos de Dios. Querer que Dios se acomode a
nuestros proyectos y deseos. Nuestra gran tentación de hoy es convertirlo todo
en pan. Reducir el horizonte de nuestra vida a la satisfacción de nuestros
deseos, obsesionados por un bienestar siempre mayor; encerrarnos en un falso
bienestar que levanta barreras cada vez más inhumanas, para que los pobres no
lleguen a nuestras puertas; utilizar el poder para pretender construir el
Reino.
¡Tantas
veces, actuamos al margen de Dios! Cuando rechazamos nuestra condición
peregrina de trabajadores del Reino y nos instalamos, cuando nos erigimos en
dueños absolutos de la vida, en jueces inmisericordes, y cuando huimos de
nuestras responsabilidades. Necesitamos abrirnos a Dios. Necesitamos cultivar
el Espíritu, conocer el amor, desarrollar la solidaridad con los que sufren,
escuchar y abrirnos al Misterio último con esperanza. Necesitamos lucidez para
identificar las tentaciones que nos llegan –incluso, bajo apariencia de bien- y
necesitamos pedir ayuda al Señor para esto.
El
papa León en su mensaje para esta Cuaresma nos recuerda que es tiempo de
escucha, de la Palabra de Dios, y de los pobres, y que nuestra parroquia está
llamada a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la
Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta
en forma de vida común.
Si
la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido
la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la
capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre
perdonados‒enviados. Si la
música del Evangelio deja de sonar en
nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos
apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la
dignidad de todo hombre y mujer». Otros beben
de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de
fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge «para el
pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la
relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión
universal con la humanidad entera como vocación de todos».
Esta
cuaresma necesitamos que vuelva a sonar en nuestra vida la música del
evangelio, para poder vivir como hijos e hijas de la luz.
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