Homilía. Sexto domingo TO_A

El miércoles que viene comenzaremos la Cuaresma e interrumpiremos el tiempo ordinario para adentrarnos en un tiempo especial para nuestro camino de conversión hacia la Pascua. Pero ya Jesús va dibujando para nosotros un ámbito de relaciones que también es especial: relaciones con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Un tiempo, desde ahora, en el que hemos de ir cultivando actitudes que nos ayudan a vivir, haciendo realidad el sueño de Dios para nuestro mundo

Habéis oído que se dijo… pero yo os digo. Las enseñanzas de Jesús no pretenden abolir la ley de Moisés, como pensaban algunos en la comunidad de Mateo, sino llevarla hasta sus últimas consecuencias. No se trata de cumplir los mínimos imprescindibles, sino de ir más allá, hasta lo que es la vivencia en plenitud del espíritu de la norma, más allá de la letra, que cuando se convierte en la excusa mínima para justificarnos, en lugar de llevar a la vida, mata.

Vivimos en una sociedad abierta, plural, en la que la ética y las leyes civiles no siempre coinciden con los planteamientos del evangelio y de la Iglesia. Como ciudadanos, que sin ser del mundo estamos en el mundo, no podemos obviar el cumplimiento de estas leyes, pero, como cristianos, estamos llamados a ir más allá de los mínimos éticos que nos plantean, para dar plenitud a la existencia humana. Se trata de vivir desde el amor, que no pone límites ni barreras, que no exige contraprestaciones, sino que se abre a la gratuidad y busca la fraternidad.

Jesús nos muestra cómo es esta sociedad: la que no da valor a la vida humana porque anteponemos nuestro propio criterio, interés o beneficio; la que es incapaz de establecer y fundarse en relaciones humanas de fidelidad, amor y cuidado, porque cosifica a las personas; la que se sostiene sobre la mentira y la corrupción de los fuertes, y relativiza cualquier principio que limite la indignidad. Nos muestra cómo -igual que entonces- nuestra sociedad es violenta, agresiva, irrespetuosa, egoísta… y cómo, por eso, quienes le seguimos hemos de mostrar que la Vida se realiza de otro modo: desde la gozosa experiencia del amor de Dios que nos lleva a amar -más allá de todo precepto- a nuestras hermanas y hermanos; incluso a quienes nos persiguen, a nuestros enemigos, a quienes buscan nuestro mal.

Hay una tensión permanente entre el Evangelio y la ley humana, que nos invita siempre a avanzar en fraternidad y amistad social. Una tensión que pone al descubierto nuestros criterios legalistas, nuestra instalación en el “ojo por ojo”. Una tensión que reclama nuestra fidelidad al Evangelio, nuestra fidelidad a Jesucristo, nuestra fidelidad a su causa que es la causa de las personas empobrecidas. Porque para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido. (FT 85)

Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar. (FT 92)

El amor al otro por ser quien es nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos. (FT 94)

Dios, a pesar de nuestros fallos e incoherencias, a pesar de nuestro pecado, sigue fiándose de nosotros; sigue creyendo en nuestras capacidades de reconciliación, de restaurar heridas, derribar muros y tender puentes. Sigue esperando que seamos capaces de respeto, de paz, de diálogo y encuentro, de compromiso y verdad, de amor, de perdón y acogida, de fraternidad. Sigue confiando en nosotros como instrumentos de su amor capaces de hacer surgir un mundo nuevo y humano.

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