Homilía 2º domingo de Pascua

 Con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Así vivimos muchas veces. Cuando Jesús no está vivo en medio de nosotros, cuando no habita nuestra existencia personal y comunitaria, somos una comunidad a veces, ni eso sin horizonte, encerrada, temerosa, aislada (autorreferencial, como decía el papa Francisco), preocupada por mirarnos el ombligo y cantar nuestros lamentos.

Cuando vivimos encerrados en nosotros mismos es imposible crecer en fraternidad, porque nos cerramos por miedo al encuentro con quien es diferente a nosotros, con quien hace tambalear nuestra autosuficiencia, y con quien puede reclamar de nosotros la vivencia de la fraternidad y, por tanto, nuestra conversión y nuestra desinstalación.

Nuestros miedos son, muchas veces, a nosotros mismos; no tanto a los de afuera, sino a lo que el encuentro con ellos puede provocar en nosotros. Nuestros miedos son, muchas veces, a la desinstalación que nos empuja a las periferias, y que nos empuja a asumir nuestra vida como misión, a entregarla, a asumir los riesgos del encuentro y del tender puentes; que nos empuja a vivir en Esperanza.

Y, sin embargo, no tenemos otro camino. El encuentro con el Resucitado que nos da su paz nos envía también al encuentro vital con los otros, con nuestras hermanas y hermanos, y nos envía a tender los puentes del encuentro que hacen posible la fraternidad. Y no tenemos otro camino, salvo que malbaratemos la Gracia y acallemos la voz del Espíritu que recibimos también de mano del Resucitado.

Recibimos el Espíritu del Resucitado para hacer posible nuestra vida y nuestra misión, para capacitarnos en vivir la Vida Nueva, y para experimentar sin miedo la alegría confortadora del Evangelio.

Nuestra fe es un camino de preguntas sin las respuestas que quisiéramos; son otras las respuestas que recibiremos, pero nuestra fe es, sobre todo, un camino que solo puede recorrerse en comunidad, como Iglesia. Caminar juntos sinodalmente nos permite reconocer al Resucitado, y reconocerlo en las llagas de las personas empobrecidas. A ellas ha de llegar la paz que el Resucitado nos da. A ellas ha de llegar la alegría del evangelio que se hace vida, en otro mundo posible, tejido con lazos de fraternidad. Al encuentro fraterno con ellas nos envía el Señor Resucitado.

La fe necesita experiencia. La fe es un encuentro que transforma y que determina la vida. Creemos porque, como Tomás y el resto, nos hemos encontrado con el Señor que ha salido a nuestro encuentro. Y en ese encuentro con el Resucitado y con los otros cristos, podemos también confesar como Tomás: “Señor mío, y Dios mío”, sacándonos de una fe convencional, sociológica, ideologizada, a la experiencia vital y gozosa de la presencia del Resucitado en nuestras vidas. Es un encuentro que transforma radicalmente nuestra existencia.

Las rupturas y la desconfianza generan individualismo. Así sucede también hoy en nuestro mundo. Por ese motivo la descripción que hace el libro de los Hechos de la primera comunidad es una propuesta que nos llena de esperanza. El encuentro con Jesús genera comunidad, familia, amistad, relación... es una experiencia de unidad. Unidos con Él y unidos con los hermanos. En una sociedad fragmentada y polarizada, con muchos proyectos rotos y con mucho desencanto, la propuesta de la comunión y la unidad es un signo de esperanza. Jesús nos capacita para ser artesanos de unidad, como dijo el papa León en su primer discurso: «sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros, vayamos adelante».

Ahora es tiempo de vivir ese encuentro y de ser esa comunidad que nuestro mundo necesita.

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