Homilía 2º domingo de Cuaresma

 Pobres! No podemos refugiarnos continuamente en la montaña, aunque todos necesitamos nuestro Tabor. Necesitamos esos momentos de transfiguración, deslumbrantes, que nos ayudan a ganar en altura, en perspectiva; que nos permiten otear el horizonte y atisbar el final feliz de nuestro camino. Pero, ojo, que la luz deslumbrante precisamente puede hacer eso: deslumbrar, cegar, impedir que veamos la realidad y terminemos confundiendo la transfiguración con la realidad cotidiana, de modo que cuando toca volver a ella nos sentimos desencantados.

Necesitamos momentos de transfiguración, pero no podemos quedarnos instalados en ellos, porque entonces nos desconectamos de la realidad. El reto al que nos enfrentamos es descubrir esos rastros de vida transfigurada en lo cotidiano de la existencia, para que iluminen nuestro camino.

Camino a Jerusalén, hacia el conflicto, Jesús ha anunciado su destino trágico a los discípulos y les ha invitado a renovar su seguimiento, pero los discípulos siguen sin aceptar la manera, el estilo, la opción vital de Jesús y, sobre todo, no acaban de aceptar las consecuencias, porque alientan aspiraciones de poder, porque siguen escuchando sus propios deseos antes que a Jesús. Otra tentación más que añadir a las que el Evangelio nos presentaba la semana pasada: no prestar oídos a la Palabra porque nosotros sabemos mejor que nadie a donde vamos. 

¡Escuchadle!, ese es el modo. La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús. Este es el criterio y la norma de vida y seguimiento para todos: ¡Escuchadle! Solo quien sabe escuchar, y escucharle a Él, puede crecer como persona y como creyente.

La transfiguración nos desvela el sentido profundo de los acontecimientos, si escuchamos a Jesús. Y lo hemos de escuchar en el camino de la vida, donde hemos de desentrañar el sentido de los acontecimientos. Escuchar a Jesús, que es hacer la voluntad del Padre, no nos dispensa de la Cruz, pero nos enseña cómo cargar con ella, y nos enseña que solo ella es el camino.

Escuchar a Jesús es aceptarle como presencia de Dios en medio de la humanidad. Es oír su voz en el grito de cada uno de los seres humanos que encontramos en nuestro camino. Es ver su Rostro en todas las personas que malviven sin justicia, sin dignidad al margen de la vida. Es seguirle, sin miedo, viviendo y anunciando la Buena Noticia de justicia y dignidad a un mundo sin esperanza.

¡Escuchadlo! Se nos dice también a nosotros. La memoria y la voz del Cristo transfigurado no elimina nuestras cruces, pero nos ilumina y nos da fuerza para ser cauces de misericordia en nuestro mundo mientras cargamos con su cruz y le seguimos.

Escuchar es la primera invitación del camino sinodal: escuchar a Cristo, a los pobres, al Espíritu. Escuchar nos permite acoger el clamor de los pobres y de la creación, y escuchar la llamada continua de Dios en medio de la vida. 

El papa León nos ha insistido en esto en su mensaje de Cuaresma. (Ya sé que me pongo pesado, pero os insisto en que lo busquéis y lo leáis.) Nos dice que es importante dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

La escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».

Escuchar a Dios y escuchar el clamor de los pobres. Escuchar a Dios y escuchar el lamento de la creación herida. Escuchar la interpelación constante de la realidad que nos permite escuchar la voz de Dios.

Esa invitación del evangelio hoy: “escuchadle”, tiene que resonar en nuestra vida. La verdadera transformación se da el caminar diario de la fe. Necesitamos subir al Tabor (¡qué bien se está aquí!) pero tenemos que descender de nuevo a Galilea, donde nos encontramos con el Señor en su seguimiento, caminando con él, en medio de la vida.

Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados

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