Homilía 4º domingo de Cuaresma A
Hoy
en día, como en tiempos de Jesús, la ceguera representa una seria dificultad
para el desarrollo personal y vital de las personas que la padecen, aunque
hemos avanzado en su integración y en la posibilidad de que su vida sea una
vida con acceso a casi todas las posibilidades de desarrollo personal y social.
La
figura del ciego de nacimiento en el evangelio de Juan es hoy el punto de
partida de un relato vibrante que va a conducir al reconocimiento de Jesús como
Señor y a que se manifiesten las obras de Dios. Jesús es el que lleva la
iniciativa. Partiendo de una acción terapéutica (curar aplicando barro hecho
con su saliva), y a través de un laborioso proceso se desarrolla como una
interpelación progresiva a la persona del ciego que le lleva finalmente a la fe
en Jesús, como el Hijo del hombre, como el enviado de Dios que se ha manifestado
en la historia como luz y salvación para todos.
Jesús
se presenta como la luz del mundo, y su salvación consiste en dejarnos iluminar
por la claridad de su persona como don imprescindible para conducirnos en este
mundo con verdad y justicia. Él es luz de luz. Para eso ha venido al mundo,
para que los que no ven, vean, y los que creen que ven, los que solo ven desde
sus criterios egoístas, queden ciegos.
Porque
ciegos son también quienes juzgan y se dejan llevar por las apariencias sin
pasar al corazón, donde se juega la verdad más honda de nuestro ser y hacer.
Ciegos son quienes no se fían de nada ni nadie que no esté de acuerdo con su
pensamiento. Ciegos quienes se creen superiores y no pueden aceptar la verdad
que les llega de los empobrecidos. Ciegos son quienes no quieren ver, porque,
además de exigir esfuerzo, exige también mirarse al propio interior, y
confrontarse consigo mismo. Ciegos quienes deforman interesadamente la
realidad. Ciegos quienes tienen actitudes inamovibles, los amigos de las
tinieblas, quienes se esconden de la luz… Ciegos son los que no pueden ver
porque otros se lo impiden… y, también, quienes creen que ven, acostumbrados a
la penumbra de la poca luz, incapaces de abrir las ventanas para que entre la
luz del día.
El
evangelio de hoy es buena oportunidad para querer recobrar la vista, para
desearlo, para hacernos hijos e hijas, testigos de la luz.
Parte
de nuestra vida nos la pasamos evitando la luz, con miedo a abrir los ojos y
ver la realidad, también la nuestra personal. Porque eso nos haría conscientes
de que necesitamos cambiar. Muchas veces preferimos la ceguera ante todo lo que
cuestiona nuestra forma de ser y vivir, y nos urge a vivir con verdad. Este
evangelio nos dice que cuando alguien se deja iluminar y trabajar por Cristo se
le abren los ojos, comienza a verlo todo de forma diferente, y no teme afrontar
la nueva situación, aunque sea conflictiva.
Nosotros
no podemos quedarnos en “ojos que no ven, corazón que no siente”. Estamos
llamados a ver la espesura de la realidad, porque solo así podemos hacernos
cargo, cargar y encargarnos de ella, como Dios quiere. Llamados a mirar para
descubrir al hermano en el otro.
Encontrarnos
con Dios en los caminos de la historia no es algo evidente. Como en el caso del
ciego de nacimiento, requiere trabajo, voluntad y un proceso. Hemos de descubrir
qué situaciones vivimos, tanto personales como sociales, que me hablan de Dios
y me orientan en su búsqueda. Y esto no sucede de forma espontánea. Muchos
piensan que para encontrarnos con Dios hemos de alejarnos de la vida, encerrarnos,
y tenemos serias dificultades para adoptar una mirada contemplativa sobre la
realidad, es decir, una mirada creyente sobre lo que acontece en mi vida y en
el mundo.
La curación
se convierte entonces en una capacitación para ver cómo Dios actúa en la historia
interpretando los signos del tiempo presente como lugar de encuentro con él y,
sobre todo, ver en profundidad esta realidad doliente provocando nuestro compromiso
con la tierra. Mirar el mundo con los ojos de Dios.
Pedimos
al Señor que nos cure de nuestras cegueras, que nos ayude a mirar, que nos
enseñe a ver, como Dios mira, como Dios ve.
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