Homilía 5º domingo de cuaresma_A
En nuestra vida hay momentos en que todo se oscurece: el dolor nos abruma, la desdicha nos atrapa, la impotencia ante el sufrimiento nos paraliza, la enfermedad grave o la muerte de un ser querido da al traste con todas nuestras seguridades. En esos momentos necesitamos cercanía y ternura de los seres queridos.
Marta
se acerca a Jesús desde esa experiencia de dolor, desde esa necesidad, pero el
dolor brota como un reproche: Si hubieras estado aquí… Nosotros también podemos
acercarnos a Jesús desde esas mismas experiencias —tendríamos que preguntarnos qué es lo que buscamos
en ese acercamiento— y
quizá nuestra oración brota entonces, también, como un reproche: si hubieras
estado aquí, mi hermano no habría muerto.
A
veces nos acercamos a Jesús no desde la fe, sino desde nuestras creencias
particulares, desde la imagen que nos hemos hecho de Dios, aunque tenga poco
que ver con el Dios de Jesús. Algo así le pasa a Marta. Jesús la ayuda a ella y
a nosotros a volver a descubrir lo esencial de la fe. La fe cristiana se centra
en Jesús, el Hijo de Dios, muerto en entrega libre, radical, única y amorosa, y
resucitado por el Padre. Él es el centro de nuestra fe.
En
un ámbito dominado por la muerte, Jesús se presenta como la resurrección y la
vida. Y es que en el proyecto creador de Dios las personas no estamos
destinadas a la muerte, sino a la vida plena y definitiva, y por eso la muerte
no es la última palabra de nuestra existencia, ni la palabra definitiva.
Nuestro
mundo también está lleno de contradicciones muerte-vida. Pregonamos los
derechos humanos como nunca, y lo hacemos en una cultura del descarte, en un
sistema que mata, literalmente, despreciando los derechos de todas las
personas, especialmente de los pobres. Hablamos de libertad, sintiendo el “frío
aliento del miedo” de los totalitarismos que nos acechan. Decimos que la
persona es lo primero, entre cientos de cadáveres ahogados en el Mediterráneo,
o mientras levantamos muros y vallas, en lugar de puentes de encuentro y
abrazos fraternos que acojan. Decimos que la persona es lo primero y nuestro
sistema social deja abandonados a sus suerte cada vez a más colectivos… Solo
contemplando el número de los fallecidos en accidentes de trabajo cada día,
ante el que nuestro mundo es incapaz de sentirse conmovido, tendríamos que
sentir escalofríos.
Frente
a la cultura de la muerte, es urgente que los cristianos luchemos, trabajemos,
construyamos con nuestra vida, otra cultura de la Vida, mostrando que nuestra
fe es una opción radical por la vida y la dignidad humanas, por unas
condiciones de vida verdaderamente humanas.
Ahí estamos llamados a hacernos presentes desde nuestra fe en el Dios de
la vida.
Creer
en Dios es creer en la vida, cuidar la vida. Es creer en la vida eterna que
crece en esta, y en la vida cotidiana que Dios nos ofrece como camino de
resurrección. Una fe en la vida preñada de esperanza, que anuncia la buena
noticia de que nuestro Dios es un Dios de vida que quiere la vida para todos, y
pone en nuestras manos lo necesario para que seamos constructores de la vida de
Dios y hagamos posible la vida digna de toda persona.
Tendremos
que seguir aprendiendo, viviendo, descubriendo y creyendo en la Vida
resucitada, mucho más que hasta ahora. Tendremos que aprender a vivir en el
camino de la resurrección, poniéndonos de lado de todo lo que es vida, y frente
a todo lo que solo es anuncio de muerte y destrucción. Tendremos que trabajar
por la paz, contra todas las guerras y violencias.
Estamos
acabando el tiempo de Cuaresma, tiempo de gracia para replantearnos muchas
cosas, para volver a empezar, para dejar atrás planteamientos «secos» como los
huesos que ve Ezequiel. Lázaro podría pertenecer aún a este mundo de lo
antiguo; nosotros, sin embargo, pertenecemos a la Resurrección de Jesús. La
figura de Lázaro es necesaria, pues nos previene, nos avisa, nos hace
reflexionar; pero solo Jesús es protagonista de nuestra fe. Volvamos al Dios de
la vida. Volvamos a Jesús.
Señor,
transforma nuestros reproches en esperanzas, y haznos agentes de vida, de tu
vida resucitada.
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