Homilía Domingo de Ramos

 Jesús ha ido acompañando nuestro camino de Cuaresma. Hoy nosotros nos unimos a esa 

multitud que lo aclama en su entrada en Jerusalén, y lo hacemos con la sinceridad y la 

esperanza de quien siente la necesidad de la salvación que Jesús nos trae, porque vivimos una 

existencia de la que necesitamos ser salvados. 

En esta semana de Pasión, acompañaremos nosotros a Jesús, y su sufrimiento, y en él, el 

sufrimiento de Dios, el dolor de Dios por sus hijos e hijas. Lo acompañaremos en los calvarios 

cotidianos de la precariedad, la desigualdad, la injusticia. Moriremos con él en tantos 

siniestros laborales, y en tantas víctimas inocentes de las guerras y la violencia. Seguiremos 

cruzando con él el calvario mediterráneo bajo el que yacen hermanas y hermanos, hijos de 

Dios, descartados por este sistema para el que cuyas vidas no importan. Lo acompañaremos 

en el calvario de las luchas por los derechos familiares y sociales, y por unos servicios públicos 

dignos para todos, en la tarea del cuidado de la creación… en la lucha por la dignidad de la 

mujer en la sociedad y en la Iglesia, en la lucha cotidiana por la vida buena y posible, por la 

humanización de la existencia. Lo acompañaremos en las desesperanzas de tantos jóvenes 

que no pueden soñar con un proyecto de vida digno, porque no pueden acceder a la vivienda, 

o a un trabajo digno.

Contemplar y orar la Pasión a lo largo de esta semana que comienza pondrá ante nosotros 

nuestras propias contradicciones, y nuestras vivencias y pasiones. Tan pronto podemos estar 

aclamando la entrada de Jesús en Jerusalén, como negándolo al igual que Pedro, o 

traicionándolo como Judas. Quizá podemos llorar como las mujeres que contemplan su vía 

crucis, o gritar desaforadamente que lo crucifiquen, que no queremos tener parte en su 

proyecto.

Contemplar en la pasión de Jesús, unida a la pasión de Dios, a la pasión de nuestro mundo no 

nos deja indiferentes, nos interpela en lo más profundo de nuestro ser. ¿Qué esperamos? ¿Qué 

buscamos? ¿Qué vivimos y construimos? ¿En qué lado de la vida estamos? ¿Con quién la 

vamos viviendo?

Contemplar la pasión es mirar la vida entera de Jesús de Nazaret, esa vida entregada, por amor, 

sin límite ni medida. Mirar desde el comienzo de la encarnación, mirar Belén, Nazaret, su 

silencio, su aprender a ser discípulo, su obediencia al Amor, su caminar en medio del pueblo, 

compartiendo su suerte, afrontando el conflicto, aprendiendo la esperanza, sintiendo el dolor 

y el amor compasivo y misericordioso, permaneciendo en fidelidad al amor, entregando su vida 

para que podamos vivir. Haciéndose discípulo, semilla, trasparencia de Dios.

Contemplar la pasión es mirar hoy la pasión de tantas personas crucificadas por los mismos 

poderes que llevaron a la Cruz a Jesús. Es contemplar las dificultades cotidianas de tantas 

familias obreras, a las que se niega la posibilidad de la vida digna. Es sufrir con quien sufre, la 

cruz del desempleo, de la precariedad, de la desigualdad, de la inequidad. Es ponerse en la 

cruz junto a tanto crucificado por la siniestralidad laboral. 

Es gritar nuestra oración, tantas veces, como Jesús en la Cruz: ¿Por qué me has abandonado?, 

compartiendo la impotencia. 

Y es, en medio de toda lucha y dificultad, contra toda desesperanza, seguir gritando 

confiadamente que la victoria es del Amor; de la paz y la justicia, de la misericordia y la 

compasión. Es hacer renacer la esperanza: “En tus manos confío mi espíritu”. Es fiarnos -sin 

certezas- del amor desmesurado y entrañable. Y seguir esperando la Vida que solo Dios puede 

darnos, sabiendo que no hay Resurrección sin Cruz.

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