Homilía 5º domingo de Pascua
Los cristianos de las primeras generaciones nunca pensaron que con ellos estaba naciendo una religión. No sabían cómo llamar a aquel movimiento que iba creciendo. Ellos vivían impactados por el recuerdo de Jesús al que sentían vivo en medio de ellos. Por eso empezaron a llamarse Iglesias, es decir, comunidades convocadas por la misma fe en Jesús. En otras partes al cristianismo le llamaban “el camino”. En la carta a los Hebreos se dice que es un camino nuevo y vivo para enfrentarse a la vida. El camino asegurado por Jesús y que hay que recorrer con los ojos fijos en él.
Para
estos primeros cristianos el cristianismo no era propiamente una religión, sino
una forma nueva de vivir. Lo primero para ellos era aprender a vivir juntos
como Jesús, en medio de aquella sociedad y aquella cultura. Esto es lo que
ofrecían a todos: no unos ritos religiosos, sino un manera nueva de vivir en
medio del mundo.
Aquí
podemos entender las palabras de Jesús: Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida.
Cuando
vivimos sin horizonte, sin expectativas, sin futuro o sin esperanza, vivimos
angustiados y temerosos. Cuando no sabemos a dónde vamos hay un punto de
angustia en nuestra existencia. Porque, normalmente, cuando vivimos así, nos
dirigimos hacia la nada. Cuando la sociedad que hemos construido impide
desarrollar un proyecto de vida y felicidad personal, familiar y social, no
puede haber sino un desencanto que nos sume en la desesperanza. ¡Cuántas
hermanas y hermanos nuestros viven así cada día!
Jesús
nos propone a sus discípulos un proyecto que atraviesa su propia vida – es el
camino- que nos desvela la realidad de nuestro ser -es la verdad- y que nos
hace descubrir el sentido más profundo de nuestra existencia y -es la vida-
hacia dónde orientarla.
Un
camino que se descubre en Él escuchando su invitación a renovarnos
constantemente, a construir un mundo más humano y una Iglesia más evangélica.
Una
verdad que nos descubre que la persona solo es humana en el amor.
Una
vida que nos lleva a encontrarnos con Cristo en ella; con un Cristo vivo capaz
de hacernos vivir.
Así
que, o nos organizamos la vida a nuestra manera, desde lo que se nos impone
desde fuera, desde el individualismo y el egoísmo de esta sociedad, o
aprendemos a vivir la existencia concreta de cada día, desde Jesús, siguiendo
su camino, haciendo nuestra su verdad, y viviendo su misma vida.
Un
camino, una verdad y una vida que posibilita que vivamos la existencia en toda
su profundidad y radicalidad, en toda su humanidad. Jesús nos descubre la
manera más humana y plena de vivir la vida: a la manera como Él la vivió;
haciendo de su vida una entrega amorosa al proyecto de felicidad del Padre, a
su voluntad. Haciendo de su vida una entrega amorosa a la vida digna de toda
persona, por amor.
Lo
decisivo en nuestra experiencia de fe, la experiencia fundante, es la de
sentirnos amados por Dios en el encuentro personal con el Resucitado. En
Jesucristo experimentamos ese amor. Y desde ahí podemos sentir que el camino de
construcción de nuestra vida que nos desvela la verdad de lo que somos y lo que
estamos llamados a ser, pasa por esa experiencia cotidiana de amor y
fraternidad que nos va rehaciendo y que nos hace vivir.
Por
amor podremos orientar nuestra vida a la fraternidad y la justicia, a la
esperanza y la alegría, a la comunión y la compasión, hacia Dios y los hermanos
y hermanas. Podremos orientar nuestra vida mansa y misericordiosamente hacia el
Reino de Dios que como tarea se nos encomienda, haciendo de nuestra vida una
misión.
Solo
así nuestra Iglesia seguirá siendo creíble en medio del mundo, siendo la
Iglesia de Jesús. Una Iglesia donde se quiere a las personas, y se busca una
vida más digna y dichosa para todos. Una Iglesia que se preocupa de los que
sufren, que se arriesga a perder prestigio y seguridad por defender la causa de
los últimos, que ama por encima de todo a los más desfavorecidos. Que ama a la
gente de manera concreta, como la amaba Jesús. Eso es lo que falta en nuestro
mundo. Eso es lo que nosotros hemos de poner en nuestro mundo.
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