Homilía 6º domingo de Pascua
El texto del evangelio que hemos proclamado es el primero de los cinco anuncios de la venida del Espíritu Santo en el evangelio de Juan. Refiriéndose al Espíritu, Jesús dice en el evangelio de Juan: «El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros».
El
Espíritu vive en nosotros. Nos sorprende. Tal vez sea porque no hayamos
prestado la suficiente atención y dedicado el tiempo necesario para reflexionar
y acoger esta verdad evangélica: el Espíritu habita en mí, en la vida de la
comunidad eclesial, en la vida de la humanidad, en toda la vida. El Espíritu
Santo, el gran desconocido entre nosotros. Hemos oído hablar de Él, pero no
somos conscientes de que está presente y que actúa en nuestras vidas.
Dios
no quiere que pasemos nuestra vida mirándole a él, de espaldas a la realidad y
a nuestras hermanas y hermanos. Dios quiere que, experimentando su amor cada
día, nos dejemos conducir por su Espíritu, y así poder amar como él ama, a
quienes él ama.
Quiere
que viviendo en su amor nuestra vida esté orientada al amor hacia los demás, y
que guiados por su Espíritu podamos recorrer sendas que construyen en el amor
la fraternidad y la amistad social que el mundo necesita vivir.
No
estamos solos en la tarea de humanizar el mundo. Si empeñamos nuestra vida,
como Jesús, para que por Él todos tengan vida, y vida digna, contamos con la
fuerza, con la guía del Espíritu de Dios que nos habita. Somos templo del
Espíritu Santo, vivimos porque la Trinidad nos habita y nosotros vivimos en esa
Trinidad de amor. Y desde habitación mutua podemos vivir de manera que demos
fruto.
Dejarse
guiar por el Espíritu es vivir la aventura de la fraternidad, de la
misericordia y la justicia, de la compasión y la esperanza, de la cruz y la
resurrección. Dejarse guiar por el Espíritu es vivir abiertos a la novedad del
Evangelio en nuestra vida, tendiendo puentes y derribando muros, viviendo a
campo abierto.
No
podemos sentirnos huérfanos. Nuestra vida se llena de la presencia del Espíritu
que nos va enseñando el arte de amar y vivir en la verdad. El cristiano es un
artista o, como le gustaba decir al papa Francisco, un poeta social: ustedes
son poetas sociales porque tienen la capacidad y el coraje de crear esperanza
allí donde sólo aparece descarte y exclusión, poesía quiere decir creatividad,
y ustedes crean esperanza; con sus manos saben forjar la dignidad, de cada uno,
la de sus familias y la de la sociedad toda con tierra, techo y trabajo,
cuidado, comunidad. La segunda lectura, la carta de Pedro, nos ha invitado a
dar razón de nuestra esperanza.
Nuestro
compromiso cristiano por la vida digna, por la dignidad de las personas, por la
fraternidad, por la paz y la justicia es un anuncio de esperanza. Quienes lo
ven, aunque no sean creyentes, pueden experimentar que no estamos condenados a
repetir ni a construir un futuro basado en la exclusión y la desigualdad, el
descarte o la indiferencia; donde la cultura del privilegio sea un poder
invisible e insuprimible y la explotación y el abuso sea como un método
habitual de sobrevivencia.
Dar
razón de nuestra esperanza, sostenidos y guiados por el Espíritu es una
invitación a soñar. Soñemos juntos, porque fueron precisamente los sueños de
libertad e igualdad, de justicia y dignidad, los sueños de fraternidad los que
mejoraron el mundo. Y en esos sueños se va colando el sueño de Dios para todos
nosotros, que somos sus hijos.
Pero
esas son cosas inalcanzables dirá alguno. Sí. Pero tienen la capacidad de
ponernos en movimiento, de ponernos en camino. Y ahí reside precisamente toda nuestra
fuerza. Porque somos capaces de ir más allá de miopes auto justificaciones y
convencionalismos humanos que lo único que logran es seguir justificando las
cosas como están. Soñemos juntos. (IV EMMP)
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