Homilía Ascensión

 

La primera lectura, de los hechos de los Apóstoles (1, 1-11) concluye con la advertencia a los discípulos: “Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús…volverá.

Los cristianos somos los hombres y mujeres de la espera y la esperanza; somos quienes en el tiempo que nos toca vivir hemos de activar la espera mediante nuestro compromiso y entrega para adelantar el Reino, y la esperanza de que la culminación de la historia será la nueva creación, compartiendo todas y todos el mismo destino eterno de felicidad y Vida de Jesucristo.

No seríamos cristianos si nos quedáramos plantados añorando pasados mejores, o mirando al cielo, como si esperáramos que lo que nos toca vivir a nosotros nos lo fueran a dar milagreramente hecho como ya vivido. No seríamos cristianos si, en lugar de testigos, nos convirtiéramos en espectadores ausentes y al margen. El Espíritu nos hace protagonistas de nuestra propia escena en la historia de la humanidad. La Ascensión del Señor no nos dispensa de nuestra entrega; al contrario, la activa y la exige.

Nuestra fe no vive de una idea, de un dogma, de unas teorías o de unas creencias. Vive de una presencia, de un encuentro. Del encuentro con el Resucitado y la presencia de su Espíritu que acompaña nuestro caminar hasta el final de los tiempos. Vive de la esperanza del encuentro definitivo. Un encuentro que se va realizando más en plenitud cada día, hasta el fin de los tiempos, en la medida en que vamos viviendo en el amor como seguidores suyos, y realizando la tarea del Reino que pone en nuestras manos.

Somos misión. El mismo resucitado pone en nuestras manos la tarea de anunciar su presencia viva, de hacer discípulos, es decir, de posibilitar que hermanas y hermanos puedan encontrarse con él en sus vidas, y estar dispuestos a seguirle. Pone en nuestras manos la tarea de trabajar por el Reino, humanizando la existencia.

Las últimas palabras de Jesús son una invitación a vivir el evangelio, a recuperar lo más esencial de su vida y comunicar a todos la buena noticia de la presencia viva del Resucitado entre nosotros y, sobre todo, a seguir esperando contra toda desesperanza. Son una invitación a seguir superando las decepciones y fracasos, y a recomenzar de nuevo cuantas veces haga falta, conscientes de que nuestra entrega tiene sentido por sí misma, aunque no podamos ver los frutos. Son una invitación a confiar en que la última palabra sobre la historia humana es de Dios, y es siempre una palabra de Vida; una vida que nosotros hemos de ir humanizando, dignificando, para que todos los hombres y mujeres puedan experimentarse hijos e hijas amadas de Dios.

El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo. Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación, porque la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión.

Nosotros nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.

Celebrar la Ascensión del Señor nos recuerda que, como Iglesia, estamos llamados a ser continuadores de la misión de Jesús. Él nos invita a ser sus testigos, no a desentendernos de esta misión que nace de nuestro bautismo: ser discípulos misioneros. Es el tiempo de la Iglesia. Es el tiempo del Espíritu Santo. El Señor resucitado, glorificado, «exaltado a la derecha del Padre», nos llama e invita a comunicar el gozo de la fe. Nuestra vida diaria es el momento y el tiempo de ir viviendo conforme a Jesús y de ir transformando este mundo según el proyecto del reino de Dios.

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