Homilía Santísima Trinidad

 

La concepción que tenemos de Dios cada uno de nosotros tiene mucho que ver con la experiencia de nuestras propias relaciones humanas. Como nos relacionamos con las personas acabamos relacionándonos con Dios y, del mismo modo, como nos relacionamos con Dios acabamos tratando a las personas.

En este mundo en que se ha impuesto el individualismo, la indiferencia, el egoísmo como forma de relación entre las personas puede resultar lógico que nuestra concepción de Dios sea la de un Dios “omnipotente”, lejano, distante, e inmisericorde. Un Dios con el que es difícil llegar a una relación personal, porque está muy por encima de nosotros, y no merecemos que nos tenga en cuenta; un Dios al que temer. En este mundo en que las prisas y nuestros propios quehaceres, nuestras propias cosas, no dejan tiempo ni espacio para el encuentro pausado, cercano, con los otros, para coger al otro, porque nos resulta un estorbo, es normal que nuestra relación con Dios, nuestra oración, sea también algo para salir del paso, rápida, por cumplir, por temor…

Podemos sentirnos protegidos y gozosos en nuestro encuentro con Dios, capaces de confiarnos a él, o podemos sentirnos amenazados, temerosos y suspicaces por que no acabamos de fiarnos de un Dios lejano.

En los textos de la Palabra que hoy proclamamos, Dios se nos presenta como amor; como un Dios que entabla una relación amorosa con nosotros, que nos busca porque desea encontrarnos. “Tanto amó Dios al mundo…” que se nos entrega a sí mismo en el Hijo, en total disposición, confianza, cercanía, con total ternura, Dios se nos entrega hasta lo más íntimo. Un Dios que es familia, comunión de personas, y que nos convoca a esa misma vocación, a esa misma comunión en nuestra vida. Y porque nuestro Dios es así, nuestra vida puede ser de otra manera.

Dios es amor. Nos ama y nos ha creado para amar. Esta es la experiencia fundamental de nuestra vida, la experiencia cotidiana de vivir en la amorosa presencia de Dios, sostenidos y abrazados por su amor, por su ternura y misericordia, que se renueva cada mañana, que no termina.

Y desde esa experiencia podemos sentirnos urgidos por el amor a amar, a vivir la comunión en el amor con toda criatura, con toda la creación, y por amor caminar solidariamente con nuestras hermanas y hermanos, ayudándoles a descubrirse como hijos e hijas de un mismo Padre.

Creer en el Dios Trinidad es ir convirtiendo nuestra vida en una vida de encuentro y amistad, de fraternidad y comunión. Es ir dejando que Dios nos moldee a su imagen: comunión de amor.

Nuestra vida de encuentro y amistad con Dios reclama nuestro dialogo amante con él, en la oración; reclama nuestro encuentro amoroso en las necesidades de cada persona para hacernos servidoras por amor; reclama de nosotros ejercer el cuidado de las personas y de la creación, haciendo de nuestro trabajo una relación fraterna y cuidadora, capaz de humanizar la vida, de generar encuentro y comunión. Y en cada empeño amoroso de nuestra vida renovar nuestra condición filial.

Creer en el Dios Trinidad, comunión amorosa de personas, nos hace capaces de superar desencuentros y diferencias, buscando la poliédrica unidad en la diversidad que nos hace caminar juntos, sinodalmente, como Iglesia, en una misma fe y una misma misión. Es lo que nos hace Iglesia.

Creer en el Dios Trinidad nos hace experimentar nuestra sagrada dignidad, la nuestra y la de cada ser humano, sin excepción, y nos permite reconocer en ellos el rostro de Dios que nos convoca al servicio, a la entrega amorosa.

Creer en el Dios Trinidad que quiere que el mundo se salve nos constituye en testigos de vida y esperanza, en constructores de paz y justicia, en cauces de la ternura y la misericordia de Dios. porque vamos transparentando su rostro y manifestando su amor. Nos hace ponernos siempre en el lado más radicalmente humano de la vida, gastando la nuestra para que otros puedan vivir.

Nuestro Dios Trinidad es un Dios que baila de gozo por nosotros. Entremos en la danza trinitaria metiéndonos de lleno, con todos nuestros sentidos, en la búsqueda constante de Aquel que ya está ahí esperándonos, que nos trasciende, que siempre nos abre nuevos horizontes, que nos renueva, porque no se trata tanto de hacer cosas nuevas, sino de hacer nuevas las cosas que ya tenemos, de recrearlas desde la mirada amorosa de Dios que es Amor, comunión de tres Personas, que danzan en perfecta armonía: Padre con entrañas maternas que todo lo comparte, que es la Verdad, en quien depositamos nuestra confianza; el Hijo, que todo lo recibe, que es Libertad, a quien seguimos; y el Espíritu que todo lo transmite, que es Justicia y nos hace profetas y apóstoles.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nunca es tarde. Reflexión de Pagola para la Cuaresma

Carta a mi vecina