Homilía 13 TO_A

 

Hoy el evangelio nos habla de amores y de generosidad, y también de opciones vitales, de acogida y descentramiento, con un texto que conviene no malinterpretar. Jesús no nos da a elegir entre amarle a él o amar a los demás. Nos está recordando que el horizonte, el estilo, la manera de amar a los demás se construye desde la centralidad del amor de Dios en nuestra vida. Nos está recordando que el verdadero amor a los demás solo nace del amor a Dios, y que este amor lo experimentamos cuando estamos dispuestos a seguir a Jesús, a vivir como él.

 Seguir a Jesús comporta renuncias, desprendimientos, conversión, conflicto. Seguir a Jesús supone que hemos de hacer opciones que no siempre son fáciles, y que muchas veces -las más- van a contracorriente de lo que nuestro mundo anuncia, vende, ofrece y vive. Las exigencias del seguimiento no son fáciles ni admiten medias tintas. El seguimiento solo es posible realizarlo cargando con la Cruz. Por eso un cristianismo que quiera vivirse sin la señal del conflicto y de la cruz, tiene poco que ver con Jesús de Nazaret.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. La única manera de encontrar vida, la vida buena, la vida verdadera, es perder la vida. Es la paradoja del seguimiento: perder la nuestra, la de nuestro yo y nuestras tendencias egoístas, perder la del individualismo, la que nos separa de la fraternidad porque nos sitúa por encima de los demás, dominando, oprimiendo, descartando, deshumanizando, para ganar la de Dios, la vida de la entrega y el amor, la del servicio y la reconciliación, la de la amistad y la fraternidad, la de la humildad, la pobreza y el sacrificio, la de la sagrada dignidad de toda persona.

Perder la vida es estar dispuesto a arriesgarlo todo por el amor que recibimos y experimentamos de parte de Dios. Estar dispuestos a volver del revés nuestra existencia, descentrándonos, dejando que el centro lo ocupe Jesús, poniendo en el centro a las personas empobrecidas en quienes encontramos el rostro de Cristo.

La plena realización de uno mismo, según el Evangelio, no es otra cosa que perdernos para el proyecto mundano de esta sociedad, y recuperar nuestra plena identidad en el proyecto del Reino vivido cada día.

Por encima de toda nuestra vida, coloreando proyectos y opciones, orientando nuestra existencia está el proyecto del Reino a cuyo servicio Jesús nos propone vivir, construyendo fraternidad, familia, amistad. Nos propone vivir tendiendo puentes de encuentro que recuperen la dignidad de cada persona, que nos haga entretejer vínculos familiares en pos del bien común que es anticipo del Reino.

Nos propone vivir poniendo mirada, oído y corazón ante el sufrimiento ajeno. Y hacerlo desde el signo de la acogida y la hospitalidad mutua, superando la indiferencia en que este mundo nos empuja a vivir, desde la atención a las necesidades humanas, que hagan posible la vida digna en fraternidad. Nos propone vivir ese amor generoso en lo cotidiano y sencillo de nuestra vida, en los pequeños gestos de cercanía y consuelo que alivian los sufrimientos de aquellos con quienes caminamos y compartimos la vida. Gestos que dan sentido a nuestra vida.

Y nos propone vivirlo no aisladamente, sino en comunión. Nos propone ser la comunidad fraterna y familiar capaz de acoger a todos, capaces de hacernos signo y sacramento de otro mundo posible: el del Reino.

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