Homilía 14 TO_A
La
liturgia de la Palabra de hoy es como un sorbo de agua fresca que reconforta
nuestra sed de caminantes, y nos permite reemprender la marcha. Escuchar y
acoger esta Palabra ya es una manera de entrar en el descanso al que Jesús nos
invita.
Tenemos
que admitir que hay lecciones que, aunque llevemos muchos años escuchando e
intentando aprender, aún no hemos aprendido del todo. Todavía no conocemos bien
al Padre, ni al Hijo. Ser conscientes de lo que aún nos queda es el primer
fruto de la escucha de la Palabra. Jesús ha sabido hacer suya esa Palabra, que
él mismo encarna y, por eso, pueden salir de su boca palabras de alabanza y
agradecimiento a Dios, y palabras de consuelo y esperanza para nosotros.
Te
doy gracias, Padre… Jesús, que es persona de sentimientos, siente y expresa su
gratitud al Padre, no por cómo le va la vida, o por cuántos le siguen y
aclaman, o por cómo va cumpliendo sus proyectos y le salen de bien las cosas
que se propone, sino porque Dios es como es; por ser un Dios así. Porque quiere
ser escuchado, comprendido y acogido por la gente sencilla, por los pequeños,
por quienes mejor pueden mostrar cómo es.
La
mística cristiana va de esto precisamente. No de saber muchas cosas
intelectualmente sobre Dios, y poder hablar de Dios, sino por abrirnos a la
comprensión del misterio de Dios de tal modo que podamos captar la esencia que
nos permite hablar con Dios, y escucharle, entenderle, experimentar su amor y
sentirnos amados, y amar como él ama.
Agradecer
esa “opción” de Dios supone que uno ha entrado en la misma comprensión de la
Vida, y que como Jesús podemos descubrir tantos motivos de agradecimiento a
Dios por mostrarse como es en nuestra vida. Supone que miramos, escuchamos,
oramos, vivimos como lo hizo Jesús, con sus mismos sentimientos. Supone sentir
con Cristo.
Por
eso podemos percibir, junto con los nuestros, los cansancios y desilusiones,
las desesperanzas y fatigas del pueblo del que formaos parte y con el que
caminamos. Podemos percibir las causas del cansancio y del agobio. Y podemos
sentir cómo la respuesta a estas fatigas y cansancios está en el amor de Dios,
en la vida de Jesucristo, en seguirle, porque su carga es ligera, y su yugo
llevadero.
La
carga del amor es ligera y llevadera. Es la carga de nuestra vida entregada al
servicio de la vida posible de toda persona. Es la carga de la pobreza, la
humildad y el sacrificio que crean comunión porque son manifestaciones del
amor. Es la carga de la fraternidad. Es la carga solidaria del acogimiento del
sufrimiento ajeno ante el que no reaccionamos con indiferencia. Es la carga que
nos permite apreciar cómo es Dios, cómo se sigue revelando y manifestando a los
sencillos. Es la carga que nunca llevamos solos y cuyo peso no nos aplasta,
sino que nos siembra.
Nuestras
fortalezas, nuestras capacidades, y nuestras vulnerabilidades y debilidades
conforman el ritmo de la vida. Llegamos a este momento del año con cansancios
acumulados, pero también con gratitud por cuanto hemos visto revelado de Dios a
lo largo de este año, en nuestros ambientes, en las personas con quienes
compartimos la vida, las luchas, las alegrías y también las penas. Sabemos que
nos queda mucho por aprender y hacer vida nuestra, pero seguimos acogiendo la
invitación de Jesús: “Venid a mí”.
Y lo hacemos conscientes de cuánto nos ama
Dios que acompaña ese camino y nos invita a entrar en su descanso. Un descanso
que necesitamos para rehacernos en nuestra humanidad, en nuestro seguimiento,
en nuestra esperanza.
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