Homilía. 112 Jornada Mundial Migrante y Refugiado. Domingo 26 TO_A
Celebramos hoy la 112 Jornada del Migrante y del refugiado. Lo hacemos en un contexto social complicado, polarizado, en el que se entrecruzan mensajes de odio, de racismo, de miedo al diferente, que, en realidad es miedo al pobre. No nos preocupan los migrantes adinerados que llegan a nuestro país, los futbolistas extranjeros ricos… Aquellos ante los que nos expresamos muchas veces con odio, a los que no queremos entre nosotros, son los pobres: los de aquí y los de fuera.
El verano lo hemos vivido con ingente cantidad de noticias que ponen de
manifiesto una realidad que no podemos negar: nuestro mundo se ha construido
sobre injusticias sociales de tal magnitud, que expulsamos a los pobres de su
vida y de su tierra, porque la vida y el futuro dignos se hacen imposibles.
Emigrar es un derecho humano, pero el primer derecho es el de no verse
obligados a emigrar para poder vivir.
Nosotros no estamos distantes de esa realidad. Cada año, cuando acogemos
con la mesa de la Hospitalidad de la diócesis a los chicos migrantes que
permanecen con nosotros un mes o mes y medio, podemos escuchar sus historias,
compartir sus angustias y sus esperanzas, sentirnos solidaria y fraternamente vinculados
desde la humanidad compartida en sus alegrías y en sus penas. Este curso
tendremos, de nuevo, ocasión de renovar nuestro compromiso de acogida.
Esta Jornada es una llamada a no olvidar que todos somos hijos de un mismo
Padre, que es bueno con todos, y que nos sigue enviando a su viña, a la tarea
de humanizar la existencia, de hacer posible la vida para todos, de construir
su Reino. En esta 112ª Jornada, el papa León en su mensaje, que
lleva el lema «Incluso uno solo de estos pequeños» nos llama a prestar atención
a los menores que se ven directamente afectados por la experiencia de la
migración y la huida, a la preocupación por ellos y a la promesa del Señor de
que quien «acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Me 9,37).
Incluso uno
solo de estos pequeños nos llama, en la vida eclesial, a convertir la hospitalidad
de un concepto abstracto en una práctica pastoral constante. Ante los rostros
concretos que nos interpelan en el día a día, toda la comunidad cristiana está
llamada a sentirlos como a sus propios hijos y a acercarse a la historia concreta
de cada uno. Estamos llamados a reconocernos también nosotros como migrantes,
como peregrinos.
Estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo,
hambriento, sediento, desnudo, enfermo, forastero y encarcelado, que nos
interpela. Si lo reconocemos, seremos nosotros quienes le agradeceremos el
haberlo conocido, amado y servido.
En la parábola, lo importante no son las palabras que pronuncian los
protagonistas del relato, sino su conducta real. Ser creyente no es recitar
fórmulas de fe, sino esforzarnos prácticamente, vitalmente, por serlo. Ser
cristiano es estar constantemente haciéndose cristiano, con la humildad de la
escucha que nos pone en la sintonía de la Palabra de Dios que se hace nuestra
voluntad. Escuchar el clamor de los pobres –de los migrantes- nos pone en la
sintonía de Dios para hacer su voluntad.
Cada cristiano y cada comunidad estamos llamados a ser instrumentos de
Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan
integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos
para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Hacer oídos sordos a ese
clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre,
nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto (EG 187)
Quizá como el hijo de la parábola, nosotros estamos plagados de buenas
intenciones no realizadas, palabras que acabaron en papel mojado. El Señor nos
lanza a realizar el bien que hemos dejado de hacer, respondiendo a su
invitación, para hacer de la viña del Señor, de este mundo, un lugar de
fraternidad, de comunión, de solidaridad. ¿Qué nos parece? ¿Qué respondemos a
su llamada?
Palabra cargada de Vida. Reflexión certera, provocadora, profunda y valiente para unos tiempos difíciles. Gracias, como siempre.
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