Homilía 3º domingo de Pascua
El viaje de los discípulos de Emaús, al final del Evangelio de san Lucas, es una imagen de nuestro camino personal y del camino de la Iglesia.
El
camino de los discípulos de Emaús es paradigma del camino de muchas personas
creyentes. Han oído hablar de Jesús, de sus obras; incluso han oído hablar de
que estaba vivo, pero no han llegado a comprender y vivir la Pascua.
En
el curso de la vida, y de la vida de fe, mientras llevamos adelante los sueños,
los proyectos, las ilusiones y las esperanzas que viven en nuestro corazón,
enfrentamos también nuestras fragilidades y debilidades, experimentamos
derrotas y desilusiones, y tantas veces quedamos bloqueados por un sentimiento
de fracaso que nos paraliza. Pero el Evangelio nos anuncia que, precisamente en
ese momento, no estamos solos, el Señor sale a nuestro encuentro, se pone a
nuestro lado, recorre nuestro mismo camino con la discreción de un transeúnte
amable que nos quiere abrir los ojos y hacer arder nuestro corazón. Así, cuando
las decepciones dejan espacio al encuentro con el Señor, la vida vuelve a nacer
a la esperanza y podemos reconciliarnos, con nosotros mismos, con los hermanos
y con Dios.
En
primer lugar, está el sentimiento de fracaso, que anida en el corazón de estos
dos discípulos después de la muerte de Jesús. Habían perseguido un sueño con
entusiasmo. En Jesús habían puesto todas sus esperanzas y sus deseos. Ahora,
después de la escandalosa muerte en la cruz, le dan la espalda a Jerusalén para
volver a casa, a la vida de antes. El suyo es un viaje de regreso, como
queriendo olvidar aquella experiencia que ha llenado de amargura sus corazones,
aquel Mesías condenado a muerte como un delincuente en la cruz. Vuelven a casa
abatidos, «con el semblante triste» (Lc 24,17). Las expectativas que se habían
creado quedaron en nada, las esperanzas en las que creyeron se desmoronaron,
los sueños que habrían querido realizar dejaron paso a la desilusión y a la
amargura.
Esta
experiencia atañe también a nuestra vida y, del mismo modo, al camino
espiritual, en todas las ocasiones en las que nos vemos obligados a
redimensionar nuestras expectativas y aprender a convivir con la ambigüedad de
la realidad, con las sombras de la vida y con nuestras debilidades.
Sin
embargo, el Evangelio nos revela que, precisamente en las situaciones de
desengaño y de dolor, justamente cuando experimentamos atónitos la violencia
del mal y la vergüenza de la culpa, cuando el río de nuestra vida se seca a
causa del pecado y del fracaso, cuando desnudos de todo nos parece que ya no
nos queda nada, precisamente allí es cuando el Señor sale a nuestro encuentro y
camina con nosotros. En el camino de Emaús, Él se acerca con discreción para
acompañar y compartir con esos discípulos entristecidos sus pasos resignados.
Abre sus ojos para ver las cosas con una nueva mirada.
Jesús
parte el pan, abriéndoles los ojos y mostrándose una vez más como Dios de amor
que ofrece la vida por sus amigos. De este modo, los ayuda a retomar el camino
con alegría, a recomenzar, a pasar del fracaso a la esperanza. Hermanos y
hermanas, el Señor quiere también hacer lo mismo con cada uno de nosotros y con
su Iglesia.
Él
está continuamente con nosotros, en el centro de la comunidad, resucitado, guiando
con la fuerza de su espíritu a la Iglesia, y dándole unidad.
Su Palabra,
la eucaristía y la comunidad, la vida de las personas empobrecidas, son los
lugares en los que hoy nos seguimos encontrando con Jesús. La celebración de la
eucaristía se convierte entonces en el signo por excelencia para reconocerlo y
acogerlo en la fe. Y la experiencia comunitaria que crece en torno a la
eucaristía, como la nueva manera, también hoy, de ser Iglesia.
De
ahí la importancia de la eucaristía; de que esta sea más un acontecimiento de
Iglesia que una práctica de adoración y devoción personal; de que recuperemos
el sentido de la celebración dominical, y seamos capaces de formar en torno a
la misma comunidades que se conozcan, se ayuden y se quieran. Porque de ese
encuentro con el Resucitado, y de lo que hace en nuestra vida, hemos de ser
testigos en medio de nuestro mundo.
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