Homilía Asunción de la Virgen
Hoy estamos de fiesta. Aquí en Madrid la Virgen de la Paloma. En Sevilla la Virgen de los Reyes. En tantos pueblos y ciudades fiesta bajo diversas advocaciones que celebran la asunción de María.
El
evangelio de esta fiesta nos muestra al Dios de los contrastes. El encuentro de
la joven virgen y la anciana estéril, ambas descartadas y marginadas en su
tiempo. Dos personas que algunos sectores de nuestra sociedad actual
descartarían porque no aportan nada a la construcción de un mundo que solo se
desarrolla sobre lo económico, sobre la imagen, la productividad… Sin embargo,
para el Dios de los contrastes estas dos personas descartables son “la llena de
gracia” y la que al sentir la presencia del Niño en el vientre de su madre “se
llenó del Espíritu Santo”.
Dos
iconos de la presencia de Dios que irrumpe en la vida y en la historia desde lo
sencillo, desde abajo, desde la humildad y la pobreza, desde lo oculto y
aparentemente inútil para poner en valor la cotidianidad como lugar
privilegiado para sentir y gustar a Dios.
María
no es Dios, y lo mejor que podemos hacer los cristianos para situarla en su
justo lugar y aprender de ella, es desdivinizarla, recuperar su absoluta
humanidad, su condición de creyente y discípula.
María
es la mujer sencilla, humilde, que supo fiarse absolutamente de Dios, y ponerse
a la escucha para discernir su voluntad en los acontecimientos que se iban
sucediendo en su vida. Es la discípula que aprende a identificar la melodía de
Dios para acogerla y hacer que suene en su corazón de modo que oriente su
humano caminar.
Por
eso es capaz de percibir la presencia de Dios en la historia humana y en su
propia historia personal, y reconocer la actividad humanizadora de esa
presencia. Por eso es capaz de percibir y acoger las maravillas que Dios es
capaz de realizar en la pequeñez de la vida de los pobres y sencillos.
Por
eso es capaz de poner su vida a disposición del Amor de Dios, para que en ella
se haga también su voluntad de salvación para todos.
Por
eso es capaz de hacer de su vida un acompañamiento cercano y servicial,
cuidador de quienes le rodean. Por eso sabe esperar con la paciencia y en la
oración el ir entendiendo y acogiendo esa presencia de Dios, esa acción callada
pero constante de Dios en su vida.
María
se pone en camino para ayudar a Isabel, que la necesita, sin que esta lo haya
pedido. María reconoce la necesidad de Isabel, incluso en la distancia. Muestra
esa escucha compasiva de los otros, que antepone sus necesidades a las propias,
y traduce en servicio amoroso la propia existencia.
Vivir
desde esas claves es lo que hace que sea para nosotros bienaventurada, bendita
entre las mujeres, consuelo y apoyo, modelo de seguimiento, madre amorosa,
compañera fiel de nuestro caminar, maestra de vida y de oración.
Celebrar
esta fiesta es afirmar que todo es bueno en María, que su acogida de la
voluntad de Dios es total, sin fisuras y que, por eso, Dios mismo acoge la
totalidad de su existencia para siempre. Es celebrar que el camino de vida que
ella anduvo podemos recorrerlo con su ayuda también nosotros. Es reconocer que
estamos llamados, precisamente, a recorrer ese mismo camino, que no nos ahorra
el sufrimiento, pero que también en él nos hace sentir el amor de Dios.
Esta
es una celebración, sobre todo, comunitaria. Es la comunidad cristiana la que
está llamada a mirarse en el espejo de María, y a reproducir en nuestra vida
comunitaria sus mismas actitudes creyentes, para ser comunidad fraterna, de
acogida y servicio; comunidad orante, que vive a la escucha de la Palabra y la
encarna en la vida, para poder ser una comunidad alimentada por la mística de
ojos abiertos que permite reconocer la acción misericordiosa de Dios en lo
cotidiano de la historia humana. Una comunidad que en la ternura sabe unir
caridad y justicia. Una comunidad que, porque se va construyendo desde la fe,
el amor y la esperanza, puede entonar también su propio Magníficat, que es, a
la vez, alabanza, acción de gracias, y renovado compromiso de ser testigos del
amor de Dios.
De
María podemos seguir aprendiendo la urgencia de servir, el gozo de creer, la
fidelidad en tiempos de adversidad y la esperanza en la utopía del reino, que
vemos abrirse paso de manera callada y cotidiana. Como María estamos invitados
a seguir apostando por los valores del reino para seguir tejiendo fraternidad y
esperanza en nuestro mundo junto a las personas empobrecidas.
María
era de Dios y vuelve a Dios y nos abre paso para que también nosotros lleguemos
a entrar en su misma intimidad con Dios, para acogernos como madre, y abrirnos
las puertas del cielo.
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