Homilía domingo 20 TO_A
¡Menudo verano de gritos llevamos! La semana pasada, con Pedro, gritábamos ¡Sálvanos, Señor, que nos hundimos! Y hoy con esta mujer sufriente: ¡Ten compasión de mí! Hoy es el grito de esta mujer cananea que, en principio, no tiene derecho a que Jesús detenga su paso por ella, quien hace detenerse a Jesús, y le ayuda a dar otra orientación a su mirada y su misión.
La fe,
que es un don, no se da solo en un espacio cerrado. El Espíritu sopla donde
quiere. Muchas veces encontramos la fe donde y en quienes menos lo imaginamos.
Jesús descubre eso. La fe puede darse fuera de los estrechos límites de la
identidad judía y, muchas veces, es más honda y verdadera que la que se da
entre los “puros”. La fe puede nacer fuera de los dogmas y los ritos de nuestra
Iglesia, aunque luego hayamos de acompañarla, como comunidad creyente.
Mateo
responde a una situación concreta que se da en su comunidad: la difícil
aceptación y acogida de quienes provienen del paganismo. A esa situación quiere
responder con las palabras de Jesús, y con su actitud, que lleva a reconocer
que nadie está excluido de la propuesta de vida del Evangelio; que la Buena
Noticia tiene un alcance universal, dirigido a todas las personas, a todos los
pueblos, a todas las culturas.
Y lo
hace con el episodio de esta mujer cananea que acude a Jesús desde su
sufrimiento, movida por el amor a su hija. Si tú puedes hacer algo en su favor,
hazlo. No hay nada especialmente religioso en la petición, nada extraordinario.
Solo amor humano, dolor humano, y la confianza en la misericordia de Dios. Solo
el amor que lleva a poner confiadamente en manos de Jesús -a quien se le pide
compasión, porque se sabe de su compasión- la vida de la persona amada.
Quizá
hoy también la fe de muchos puede surgir así. Desde el dolor humano, desde el
amor por la herida de la humanidad que mueve a compasión, y a la búsqueda del
encuentro con el Señor.
Jesús
alaba esa fe, la de una mujer que, pese a las dificultades, por amor, no duda
en invocarle con insistencia. No mide la fe por los logros o prácticas
religiosas, no mide la calidad de la fe por la eficacia y la capacidad
transformadora del compromiso.
Quizá
nosotros hemos de aprender de esta mujer a dolernos con el sufrimiento de las
personas, con el dolor de nuestro mundo, de toda la creación, hasta que nuestra
oración sea la suya: Ten compasión de mí, que me duele el dolor del mundo, como
un dolor propio, hondo; tanto como para hacerlo mi súplica, hoy.
Nuestra
oración de súplica no es para convencer a Dios de que cambie, sino para unirnos
a él, y para vivir desde él, como Él, las situaciones vitales que ponemos en
sus manos.
Contemplando
esta escena del evangelio, quizá tenemos que preguntarnos nosotros también: Y,
detrás de nosotros, detrás de la Iglesia ¿quién viene gritando? ¿quién se
acerca suplicando compasión? ¿viene alguien?
Y a
quienes vienen ¿qué atención compasiva les prestamos o qué obstáculos les
presentamos?
¿Cómo
suscitamos esa fe, don de Dios, porque escuchamos y acogemos, porque somos una
Iglesia de puertas abiertas que propicia el encuentro de todos con el
Resucitado?
¿Cómo
de confiada e insistente es nuestra oración? ¿Cómo de grande nuestra fe?
Comentarios
Publicar un comentario