Homilía domingo 21 TO_A
La
doble pregunta que Jesús hace a sus discípulos es la que nos hace hoy a
nosotros, y es también la doble pregunta fundamental que hemos de respondernos
para saber si, realmente somos cristianos, seguidores y seguidoras de Jesús, si
reconocemos en Él al ‘Hijo de Dios’, y como tal ponemos nuestra vida en su
integridad centrada en su persona y su presencia, o si, por el contrario, para
nosotros no pasa de ser una referencia sin más trascendencia.
En el
fondo, la pregunta de Jesús busca discernir si nuestra vida es la de los
seguidores y testigos que nos llama a ser -¿quién dice la gente que soy?-
porque pregunta sobre lo que transmitimos, cuestiona nuestra misión, y porque
nos pregunta -y vosotros, ¿quién decís que soy yo?- sobre la raíz de esa misión
que no es otra que el reconocimiento de su divinidad de modo que solo centrando
en él nuestra vida podemos vivir en plenitud la Vida del Reino de la que hemos
de ser testigos.
«¿Quién decís que soy yo?» En una vida creyente, esta es la pregunta
que no se puede evitar, so pena de que vivamos la fe como costumbre adquirida,
o como mantenimiento de una tradición heredada.
Jesús
no nos pregunta lo que hemos estudiado, lo que sabemos o lo que decimos a otros
de él, sino en qué medida vivimos, nos movemos, existimos en él. En qué medida
somos en él y para él. A la pregunta que Jesús nos formula -la pregunta de
nuestra fe- solo podemos responder adecuadamente en la medida en que nos
encontramos personalmente con él. Es una pregunta que solo se responde bien
desde la experiencia cotidiana del encuentro con el Resucitado, desde la
experiencia del reconocimiento de su rostro en las heridas fraternas que
estamos llamados a acoger, cuidar y sanar.
Jesús
nos pregunta en qué medida nuestra vida solo tiene sentido desde el seguimiento
y el testimonio vital que ofrecemos, sobre nuestra experiencia de sentirnos
entrañablemente amados gratuitamente por Dios.
No es
suficiente decir que Jesús ofrece un proyecto de vida que humaniza, y que es
bueno acogerlo. No valen las respuestas de catecismo, aprendidas, por profundas
que puedan ser. Es necesario reconocer vitalmente que es el Hijo de Dios hecho
hombre, Dios encarnado en nuestra vida por amor. Solo así podemos acoger y
realizar la tarea del Reino que nos encomienda: Id y anunciad…
Una
tarea que se pone en manos de la Iglesia, de la comunidad; una tarea de
reconciliación y humanización, para tender puentes abriendo hueco en los muros
que nos separan, tejiendo fraternidad. Por eso nuestra respuesta no puede
limitarse a la intimidad del encuentro personal, sino que ha de expresarse en
público, dando a la tarea de la evangelización su insustituible dimensión
social.
El
reino de Dios no es algo que podamos entender como propiedad cerrada de acceso
exclusivo, sino la realidad en la que se nos encomienda transformar esta vida,
esta humanidad, para unir lo disperso, vincular lo distinto, reunir lo
separado, y transformar esta vida, de modo que pueda ser el espacio vital capaz
de acoger lo solo, lo disperso, lo que necesita ser de nuevo curado, abrazado,
vinculado por amor.
La
pregunta de Jesús es la que nos formulan hoy desde diversas situaciones dolor,
de sufrimiento, de exclusión, nuestras hermanas y hermanos más empobrecidos,
ante los que hemos de dar razón de nuestra esperanza, y de nuestra fe. Nos
preguntan: ¿en qué Dios dices que crees? ¿En quién crees? ¿En qué se nota eso
en tu estilo de vida, en el uso de tus bienes, en el cuidado que tienes de la
creación…?
La
pregunta de Jesús nos pone, en fin, ante nuestra propia coherencia vital, ante
la respuesta de nuestra propia vida. Solo con nuestra vida podemos responderla.
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