Homilía domingo 24 TO_A

 

Jesucristo debe ser siempre nuestro punto de referencia fundamental. Nuestra experiencia de Dios, el trato con los demás y la manera de entender nuestra propia existencia están configurados por la relación con Jesús, el Señor. En cada ámbito de nuestra vida ponemos en juego nuestra fe en Jesucristo, afrontando las consecuencias que ello implica. Sin embargo, a menudo nos damos cuenta de la fragilidad y el pecado en nuestro seguimiento de Jesús; existe una diferencia clara entre el ideal de vivir amando que nos propone el Señor y la realidad de lo que vivimos día a día.

Muchas veces nuestros desencuentros los vivimos como ofensas que requieren perdón, reconciliación. Y, muchas veces agotamos rápido nuestra capacidad de perdón, privilegiamos la victimización de sentirnos ofendidos, y negamos o dilatamos el perdón requerido para reconstruir la humanidad en el reencuentro con el hermano. Somos así de humanos.

Decimos perdonar, pero mantenemos la memoria opresiva de la ofensa. Decimos perdonar, pero ponemos condiciones -a veces difíciles de asumir- al perdón que se nos pide. Decimos perdonar, pero no abrimos la posibilidad de restauración de la fraternidad que recupera la humanidad de ofensor y ofendido.

Más complicado resulta cuando esa situación traspasa el ámbito de lo meramente personal, y se convierte en impedimento de la relación social o la tarea política. La incapacidad de perdonar, de ofrecer y acoger perdón, de reconciliación, imposibilita la búsqueda del bien común. En lugar de construir puentes y tejer vínculos, levantamos muros infranqueables.

Jesús nos ofrece hoy en este evangelio un mensaje distinto: Dios nos ha perdonado mucho, muchísimo, a todos, a cada uno de nosotros, sin que lo pidamos, sin condiciones, sin límite, siempre. Por eso, el perdón a los hermanos no es la condición para que Dios nos perdone, sino la consecuencia de sabernos perdonados antes, gratuitamente, por Dios. Si no perdonamos, el perdón de Dios no nos vale; aunque ofrecido, lo volvemos inútil, porque negarnos a perdonar significa que no hemos acogido su perdón, que no nos hemos convertido, que no tenemos las mismas entrañas de misericordia que él.

La parábola expresa el verdadero rostro de Dios y constituye el perdón –el amor- como base de la comunidad.

Sentirse perdonado es una experiencia humana fundamental, que nos diviniza, nos constituye en lo más profundo de nuestra humanidad a imagen de Dios. Quien no conoce el gozo de ser perdonado, se arriesga a no crecer como persona, se incapacita para perdonar, para comprender al otro, para vivir entrañadamente la misericordia en su vida.

Perdonar no significa ignorar la injusticia cometida, ni aceptarla de manera pasiva o resignada, sino estar dispuesto a hacer un esfuerzo en superar la dinámica del mal con el bien, de modo que cambian cualitativamente las relaciones entre las personas y se abre la posibilidad de convivencia de una manera totalmente nueva: la fraternidad del Reino.

El termómetro de nuestro amor a Dios y a los demás es nuestra capacidad de perdonar a quienes nos hacen daño. Dios nos perdona siempre, nunca se cansa de amar ni de perdonar. Él nos invita a unir el deseo de ser perdonados por él y la disposición a perdonar a quienes nos ofenden. Antes de pedir perdón a Dios debemos reflexionar y preguntarnos si estamos dispuestos a perdonar al hermano.

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